Festividad de Cristo Rey del Universo

La fiesta de Cristo Rey pone el broche de oro al año litúrgico
La fiesta de Cristo Rey pone el broche de oro al año litúrgico con unas lecturas que le dan un tono especial. Este domingo es el resumen y la quintaesencia de la vida y el mensaje de Jesús. Es un programa válido para todos, no sólo para los creyentes.
Pablo, en la primera Carta a los corintios, recuerda que Cristo es el inicio de nuestra resurrección; que caminamos hacia un final de los tiempos en el que la muerte, “el último enemigo, será aniquilada y Dios lo será todo para todos”. Esto significa afirmar que Cristo es Rey y que es el centro y el final de la historia humana. Él, como dice el Apocalipsis, es “el alfa y la omega, el principio y el fin” hacia el que caminan la historia de los hombres y el universo creado, el “punto omega”, del que hablaba Teilhard de Chardin.
Ezequiel y el salmo 23 aluden a la imagen del pastor que también aparece en el evangelio de Juan.
El evangelio de hoy trata de lo definitivo de la vida y de la importancia que tienen las opciones que vamos tomando a lo largo del camino. Todos, sin excepciones, tendremos que dar cuenta de nuestra vida.
A veces los cristianos practicantes pensamos que somos los únicos con derecho a la salvación o al menos con un derecho preferente.
Pues no: la historia cristiana y la historia humana están profundamente unidas porque Dios es el Padre de todos, y todos, creyentes o no, podemos hacernos indignos de ese Reino y apartarnos de él.
Dice Jesús, en una parábola, que el último día serán convocadas todas las naciones y el Señor de todas, el Rey del Universo, irá llamando a cada uno. Habrá dos tipos de llamadas, o mejor, una llamada y un rechazo: “venid benditos” o “apartaos malditos”.
Esto suena fuerte, pero es muy claro. Afirma que tanto los aceptados como los rechazados quedarán muy sorprendidos por el criterio de Jesús que no es el que a veces podríamos pensar:
“Que vengan a mi lado (evitemos ahora eso de izquierdas y derechas) los que cumplen los preceptos y responden a todas las llamadas de la iglesia” y “que se aparten de mí los ateos, agnósticos y los que son mal vistos por las gentes de bien”.
Esto es muy claro: quien quiera ver a Dios tiene que “mirar” a quien cerca y lejos le necesita, hablar con quién le implora cariño y cercanía, echar una mano a quien está cansado, visitar a los enfermos y a los que están solos. Estas actitudes y algunas más se llaman “obras de misericordia” en el antiguo catecismo.
La relación con el necesitado no es la religión, pero sí es su expresión fundamental. A Dios se le ve en el pequeño y en el que nos necesita desde su indigencia.
San Juan de la Cruz dice que “En el atardecer de nuestra vida nos examinarán del amor”.
Creo que el juicio no se desarrollará en el cielo entre nubes, rodeados de ángeles y trompetas. El juicio se va teniendo aquí en la tierra. Cada día es el día del juicio final. El juicio no llega después de que hayamos cerrado los ojos. Se celebra si tenemos los ojos bien abiertos. Es más, la culpa imperdonable será la de no haberlos abierto de par en par. Cuando al final cerremos los ojos podría ser demasiado tarde.
Jesús ha revelado el modo de superar ese examen final con todas las respuestas para no ser rechazados sino puestos a su lado: basta con ver lo que sigue después del “Venid benditos…”.
El Reino de Cristo se construye con la entrega, la generosidad y la sencillez. Ese Reino no es de este mundo, pero es profundamente humano y carece de cetros y coronas y es más valioso que todo eso.
Pidamos a María, nuestra Reina, que nos ayude a seguir a Jesús y a construir su Reino. Ella le acompañó en el trono de la cruz y ahí nos fue entregada por Jesús como Madre. Que ella nos dé fortaleza para que Jesús sea el Rey y Señor de nuestras vidas.
Que así sea.
Paco Zanuy
23 de noviembre 2025