
Alegraos siempre en el Señor
En la primera lectura Isaías describe el impacto que provocará el Mesías que está anunciando. Sus imágenes conducen a una alegría que ya se convocaba en la antífona de entrada: “Alegraos siempre en el Señor. Os lo repito, alegraos”.
Esa alegría hace contemplar la realidad de otra manera cuando se abre el corazón a esa llamada.
En lugar de yermos, desiertos, páramos y estepas, hoy se nos ofrece una naturaleza pletórica de vida, con flores vistosas que invitan al gozo. La gloria del Señor se manifiesta por todos los rincones.
Las manos débiles y las rodillas vacilantes se fortalecerán y se comunicará un mensaje de ánimo para desterrar el temor. El señor trae un mensaje de salvación total: los ciegos ven, los sordos oyen y los mudos cantan.
Todo esto lo repite gozoso el Salmo 145 manteniendo viva la confianza en el Señor. Se trata de un Señor que confunde a los malvados e imparte por doquier justicia y libertad. Estos rasgos los veremos repetidos en el evangelio de Mateo
La carta de Santiago invita a la paciencia y a la confianza en el Señor. Conviene estar atentos porque se acerca su llegada.
La vela de la primera semana nos despertaba y conminaba a estar vigilantes al desconocer el día y la hora de la llegada del Señor. La de la segunda semana era un fuego que reducía a ceniza y humo al árbol sin frutos y que impelía a reparar un camino lleno de baches y obstáculos.
Esta tercera semana hemos encendido una vela que invita a la alegría a todos los que pudieron asustarse por la austeridad del Bautista y su mensaje de penitencia.
El mismo Juan capta esta tensión entre sus seguidores y los envía a preguntar a Jesús si es Él quien ha de venir o hay que esperar a otro.
La respuesta de Jesús a estos mensajeros es parecida a la del profeta Isaías de la primera lectura, terminando con una gran alabanza a la figura del Bautista.
En Jesús se está realizando lo que profetizó Isaías porque Él es el anunciado: los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y, sobre todo, se anuncia la Buena Noticia a los pobres. Termina con una bienaventuranza que es también una invitación: “Dichoso el que no se escandalice de mí”.
Queridos amigos: el Bautista nos invitó a que preparásemos los caminos que llevan a Jesús y que también permiten que Él se nos acerque. Llega la Navidad y esta tercera vela ilumina y sana nuestro corazón para que no caigamos en el desánimo ante las dificultades presentes y futuras por duras que éstas puedan ser.
María, la Madre de la Esperanza, nos mantendrá constantes esperando al Señor. Ella supo esperarle mientras se iba gestando en su seno. Preparémonos para recibirle pronto con alegría.
Que así sea.
Homilía D. Norberto García
14 diciembre 2025. Extraída de un texto de Paco Zanuy