V DOMINGO TIEMPO ORDINARIO . Ciclo A

Hoy las lecturas nos piden un compromiso de vida

El pasado domingo nos iluminó el Sermón del Monte, las bienaventuranzas, como núcleo del programa de Jesús. Hoy queremos profundizar en nuestra implicación en ese programa y en la tarea de hacerlo creíble con nuestro testimonio. 

No podemos anunciar el mensaje de Jesús desde una actitud indiferente. Es necesario un compromiso de vida. A eso se refieren las dos breves parábolas del evangelio de hoy: “¡Vosotros sois la sal de la tierra …, vosotros sois la luz del mundo!”.

Las palabras de Jesús tienen que ver con la vivencia de la fe tanto en el ámbito político y social como en el familiar y personal.

Pablo se enfrentó a esta situación. En su mundo el cristianismo era irrelevante. El areópago de Atenas era un foro donde cabían todas las ideas y él intentó adaptar el mensaje del Evangelio a la mentalidad de sus oyentes. Habló a los atenienses sobre el Dios desconocido y obtuvo esta respuesta: “Ya te escucharemos otro día”. No les interesaba.

A los cristianos de Corinto les dijo que “nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado”. El evangelio no se transmite “con persuasiva sabiduría humana”, sino desde la debilidad y con la fuerza del Espíritu. Pablo formaba parte de una minoría tan insignificante como la pizca de sal que se echa a la comida.

La sal no deja que los alimentos se corrompan y además les da sabor: es necesaria. Pero, si se vuelve sosa, ya no sirve. Si los discípulos pierden su identidad evangélica, ya no valen. Su predicación es inútil, la Iglesia se difumina y los cristianos sobramos en la sociedad.

No es que el mundo sea malo, es que lo podemos estropear. Una Iglesia que viva las bienaventuranzas contribuirá a que la sociedad no se corrompa y se deshumanice todavía más. Los auténticos seguidores de Jesús ayudan a descubrir el verdadero sentido de la vida.

Lo mismo sucede con la luz. Sirve para dar claridad. Los discípulos iluminamos la realidad cuando la gente puede ver en nosotros las bienaventuranzas hechas vida. Por eso no debemos escondernos, sino hacer visible con nuestra vida el verdadero rostro del Padre.

Jesús en el evangelio de hoy e Isaías en la primera lectura hablan de la luz. Isaías dice a sus contemporáneos que el ayuno que Dios quiere es que repartas tu pan con el hambriento, que hospedes a los pobres sin techo, que vistas al desnudo y que no te cierres a tu propia carne

El evangelio insiste en que la única luz válida, la única sal eficaz, la única levadura que fermenta la masa, es la que va acompañada de un testimonio de vida que refleja el estilo de Jesús y su mensaje. 

Hay luz en el hombre cuando no nos cerramos a nuestra propia carne y nuestras buenas obras dan gloria al Padre del cielo.

Queridos amigos: necesitamos esta luz y comunicarla es la tarea de los seguidores de Jesús, es nuestra tarea. 

Pidamos a María, su Madre, modelo de vida e intercesora ante el Señor, que nos ayude a ser la sal que sustenta la fe y la luz que ilumina los caminos que tenemos que recorrer.

Que así sea.

Homilía D. Norberto García Díaz

(Extraída de un texto de Paco Zunai)

Domingo 8 febrero 2026

Paco Zanuy