
El evangelio de este domingo puede ayudarnos a comprender mejor la experiencia de fe en la vida cotidiana.
Hay momentos en los que, como a los dos de Emaús, nos domina una sensación de fracaso y nos quedamos sin motivación para seguir adelante con nuestros proyectos.
Esperábamos solucionar algunos problemas: que esa persona desesperada encontrara un empleo, que ese hijo que tanto nos preocupa vaya por el buen camino,
que esa amiga tan querida superara una grave enfermedad,
que otro salga adelante en unos exámenes, etc.
Y que además los problemas de España y del mundo entren en vías de solución.
Pero en demasiadas ocasiones las cosas no salen como esperamos. Y, si nos preguntamos por el sentido de Dios y de nuestra existencia, nos vemos envueltos en un mar de dudas.
Nos parecemos a los dos de Emaús que escapaban a toda prisa de un proyecto ilusionante que se les había desvanecido con el Crucificado.
Esto no sólo puede sucedernos a cada uno, sino también a nuestras familias, a nuestras comunidades, a toda la sociedad. El camino de la fe, visto así, no consiste tanto en ponerse en camino hacia una meta nada evidente ni en encontrar respuestas lógicas, atractivas o novedosas, que no convencen, sino en formular correctamente las preguntas que pueden ayudarnos. Es el camino que recorren los discípulos de Emaús.
Se acerca un desconocido que se pone a caminar junto a ellos y le cuentan sus penas y su desilusión. «Nosotros esperábamos que todo iba a cambiar. Creíamos que Él era elMesías y ellos se lo han cargado. Dijo que resucitaría al tercer día, pero ya van dos y aquí no ha pasado nada. Algunos se han quedado encerrados por miedo a los judíos y nosotros estamos escapando por si acaso, aunque unas mujeres dicen que se les ha aparecido».
Entonces el desconocido comienza a hablar: «¡Pero mira que tenéis pocas entendederas! ¡Qué necios y torpes sois para entender lo que anunciaron los profetas…”! Y, poco a poco, les va abriendo la mente y caldeando el corazón.
También nosotros necesitamos ponernos al alcance de Jesús y descubrir, en nuestro entorno, en nuestra historia y en lo hondo del corazón, a un Dios amigo y cercano.
¿En cuántos momentos de nuestra vida hemos sentido arder nuestro corazón? Quizá dejamos que ese calorcillo pasara de largo y nos quedamos encerrados en nuestros problemas y no supimos decir «Quédate, Señor, conmigo porque anochece y sin Ti la noche es muy fría”.
No es posible creer en Dios si falta la comunicación con Él. No es posible seguir a Jesús si no hay contacto con Él. El relato de Emaús sugiere un doble camino para despertarla fe. En primer lugar, una escucha viva de las Escrituras que tenga que ver con nuestra realidad y haga “arder nuestro corazón”. Luego, un compartir lo nuestro, que permita “reconocer” al Señor desde la paz del corazón y decir “¡Es el Señor”!
Lo importante no son las prácticas religiosas sino el comunicarse con Jesús. La Iglesia y los cristianos tenemos la responsabilidad de ofrecer al hombre y a la mujer de hoy, jóvenes y mayores, la posibilidad de vivir una experiencia de encuentro gozoso con Dios. El resto vendrá a continuación.
Después de este descubrimiento habrá que retornar a la comunidad y decirles: «Es cierto: el Señor ha resucitado y lo hemos reconocido porque nos ha repartido el pan y nuestro corazón ardía».
Los de Emaús caminaban tristes y desesperanzados, pero algo nuevo despertó en ellos al encontrar a Jesús en su camino.
Si alguna vez, por pequeña que parezca nuestra experiencia, al celebrar la Eucaristía, la Reconciliación, o al comunicar nuestra experiencia interior, nos sentimos fortalecidos y animados, no olvidemos que es Jesús quien está alimentando nuestra vida y nuestra fe.
Tampoco olvidemos que en Pentecostés estuvo presente María y los acompañó de algún modo durante los cincuenta días de espera. Pidámosle que esté con nosotros en los momentos difíciles de nuestra vida y nos ayude a mantener viva la fe en Jesús Resucitado.
Que así sea.
Paco Zanuy
Comentario al evangelio del día
19de abril de 2026