EL SEÑOR ES MI PASTOR

El salmo 23 sirve de hilo conductor y llena de sentido la liturgia de hoy.
Un capítulo de un libro del Cardenal Martini, “El Jardín Interior”, ha inspirado esta homilía.
Martini propone tres pasos para comprender el Salmo 23: leerlo con atención, profundizar en él y contemplarlo con los ojos del corazón: lectura, meditación y contemplación.
¿Qué dice este salmo?
La imagen del pastor se desarrolla hasta el versículo cuarto: “tu vara y tu cayado me sosiegan”. A partir del versículo quinto aparece otra imagen, la del anfitrión que invita a cenar: “Me pones delante una mesa…”.
Hay dos símbolos: el pastor y el que nos invita a cenar y nos permite estar junto a él. Por eso el título más acertado sería: “Porque tú estás conmigo”, que es una expresión de gran confianza.
Los personajes son dos: el Señor y quien recita el salmo.
El Señor realiza nueve acciones: él es mi pastor; me hace recostar; me conduce; repara; me guía; está conmigo; me da seguridad; prepara una mesa; me unge con perfume.
Todas indican solicitud, cuidado y atención, que definen al Señor como aquél que se hace cargo de mí.
Ante el Señor estoy yo, afirmando que no me falta nada, que no temo ningún mal, que mi copa rebosa; que siento la felicidad y la gracia como compañeras de vida y que quiero habitar en la casa del Señor.
Es un diálogo afectuoso, confiado, familiar, entre el Señor y yo: quién es él, qué hace por mí y qué le digo. Es una oración muy sencilla en la que no se pide nada, no se dan gracias, no se alaba…; pero precisamente eso es lo que la distingue: la gratuidad total.
El pastor del salmo lleva al rebaño por buenos caminos a los lugares adecuados y también sabe guiarlo por un valle oscuro y en la noche. Todo lo hace por amor al rebaño.
Después aparece el Señor como anfitrión que lo acoge en su casa con todo tipo de atenciones.
En la meditación trato de saborear el mensaje que se me comunica en este salmo.
El mensaje es: “Señor, nada me falta, porque tú estás conmigo, me das seguridad y habito en tu casa”.
Es un mensaje que libera de la ansiedad, del miedo y de la inseguridad, tres males que acechan muy de cerca.
En los momentos buenos induce fácilmente a la oración. Si entramos en un valle oscuro y percibimos ante nosotros la sombra de la muerte, de los fracasos, de la soledad, de un revés de la vida, del dolor físico o moral, se hace muy difícil decir: camino por un valle oscuro, pero estoy en paz porque tú, Señor, estás conmigo. No es fácil pronunciar estas palabras con el corazón.
En esa situación, debemos hacer lo mismo que Jesús: Entró en el valle oscuro de Getsemaní y de la agonía en la cruz, se sintió abandonado y gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Dirigió al Padre unas palabras semejantes a las del Salmo: Sé que tú, Padre, estás conmigo, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Jesús, en Getsemaní y sobre la cruz, es el modelo que nos tranquiliza diciendo que, a pesar de todo, tendremos la fuerza de rezar el Salmo 23; más aún, ya la tenemos, porque Él nos la da.
Al llegar a la contemplación la oración se convierte en alabanza y silencio ante aquel que se me ha revelado y me habla como amigo, médico y salvador. Es una experiencia extraordinaria, misteriosa, en la que intuyo con el corazón que el Resucitado está entre nosotros como Señor de la vida y de la historia.
María, cuyo mes ya está muy cerca, lo vivió así durante toda su vida, junto a Jesús. Pidamos su ayuda y que nos ponga junto a Jesús para siempre.
Que así sea, amigos.
Paco Zanuy
26 de abril de 2026