VII DOMINGO PASCUA. CICLO A

Ascensión del Señor

Nos acercamos a la celebración de un momento muy importante en el nacimiento de la Iglesia que marcará nuestra vida cristiana. Desde hace tiempo la liturgia nos prepara para vivirlo intensamente.

En la Eucaristía la Liturgia de la Palabra instruye y ayuda en el seguimiento de Jesús, la oración nos pone ante el Padre de todos y la Comunión da las fuerzas necesarias para el camino. La Ascensión del Señor, que hoy celebramos, es parte de ese camino.

Esta festividad ha inspirado a místicos y poetas. Entre ellos a Fray Luis de León en su conocida oda: “y dejas, Pastor Santo, tu grey en este valle hondo,oscuro…, cuan tristes y cuan solos nos dejas”. Le parafrasea León Felipe: “aquí vino, nos dejó su caja de caudales, y se fue…, porque sin dioses que nos vigilen trabajamos mejor…”.

Dicen que Jesús va “a prepararnos un lugar”, pero el caso es que sentimos que nos quedamos muy solos y que hemos de acostumbrarnos a afrontar una tarea para la que necesitamos su ayuda. Nos sentimos muy débiles e incapaces de enfrentarnos con un mundo en ocasiones muy hostil.

La liturgia de hoy puede inspirarnos y además nos acompaña la madre de Jesús a la que Él ha proclamado madre nuestra desde la cruz. También nos promete un bautismo que será no sólo de agua sino de Espíritu Santo y fuego.

Un breve repaso de las lecturas de hoy puede ayudarnos a vivir por dentro la gran fiesta del próximo domingo, la fiesta del Espíritu.  

Pidámosle a Jesús el don del seguimiento. Él no nos habla tras “esa nube envidiosa” que nos lo oculta, sino desde nuestro interior. Para oírlo y verlo habrá que hacer lo que nos dice Pablo en la segunda lectura: abrir bien los ojos del corazón.

Lucas, en la lectura del Libro de los Hechos, presenta la gran promesa que es inminente. También dice que Jesús no nos dejará abandonados. Esa promesa incluye la fuerza para hacer posible su cumplimiento. No quedarnos solos.

Pablo, en la carta a los Efesios, implora todo lo necesario para la acción de Dios en este camino: al Dios del Señor nuestro Jesucristo le pedimos el Espíritu de sabiduría que ilumine los ojos de nuestro corazón llenándolo de esperanza, de la riqueza de la gloria y de la grandeza del poder de Cristo, que ha sido puesto por encima de todo y también nos da a la Iglesia como cabeza y garantía de unión.

Y, finalmente, el evangelista Mateo apunta al desenlace previo y necesario para que se pueda cumplir esa Promesa.

Los apóstoles están citados en Galilea. Recuerden que fue junto al mar de Galilea donde Jesús los fue llamando para convertirlos en pescadores de hombres.Ese lugar tiene un significado muy especial. Allí comenzó su aprendizaje. 

Allí mismo Jesús invoca el poder recibido del Padre para darles la misión de hacer nuevos discípulos y transmitirles lo que él les ha enseñado. Les promete que no los va a dejar solos, sino que estará con ellos todos los días, hasta el fin del mundo. Esto quiere decir que son enviados a todas las naciones sin límite de tiempo.

En el libro de Lucas se anuncia el bautismo del Espíritu que aportará la fuerza necesaria para ser testigos hasta los confines del mundo. 

Esperemos en oración, junto a María, hasta el próximo domingo, la llegada del Espíritu Santo que derramará sobre nosotros los dones que tanto necesitamos.

Que así sea.

Paco Zanuy (sacerdote jesuita)