
El domingo pasado, fiesta de la Ascensión, se producía una especie de eclipse de Dios y de Jesús. Tocaba el “un poquito y no me veréis” o el “aquí vino y se fue”. Nos quedábamos solos y pendientes de una promesa. “Os conviene que yo me vaya”. Y eso cuando parecía que Jesús, ya resucitado, y, superada la crisis de su pasión y muerte, había vencido definitivamente. ¡Vaya faena!
El breve Evangelio de hoy, considerado “el Pentecostés de San Juan” refleja el cumplimiento de la promesa de Jesús: “Os enviaré el Espíritu” y “tendréis paz”. Es lo que Jesús realiza al exhalar su aliento, el Espíritu, sobre los apóstoles -ese mismo Espíritu que “se cernía sobre la tierra”– y el don de “la paz a vosotros”, acompañado del encargo de perdonar como saludo del Resucitado.
San Pablo habla de la presencia del Espíritu manifestada en los carismas, esas “gracias o dones que Dios da a los fieles con independencia de su puesto en la comunidad”.
Recuerdo una cita de Camus que decía: “No camines delante de mí, que no te podré seguir. No camines detrás de mí, que no te podré conducir. Camina justamente junto a mí, para sencillamente ser mi amigo”.
El viento no ha soplado por fuera sino por dentro de cada uno de los apóstoles y los ha impulsado con una fuerza irresistible hacia los confines interiores y exteriores de la realidad.
Este es el punto fundamental: los tímidos y amedrentados seguidores del Maestro salen a la luz pública y lo anuncian con valentía y coraje para que todos tengan la oportunidad de optar por Él y su mensaje. Y no es por esfuerzo propio, sino porque han recibido el don de Dios, el Espíritu.
La misión del discípulo de Jesús es ser signo de Dios en el mundo gracias al Espíritu que le invade y que ni se compra ni se merece.
El teólogo jesuita Karl Rahner dice que nosotros tenemos una verdadera experiencia del Espíritu:
- cuando el verdadero amor llena nuestro corazón,
- cuando sentimos gozo y paz interior a pesar de las dificultades de la vida,
- cuando sobrellevamos con paciencia los problemas de la existencia,
- cuando la bondad y la benignidad vencen nuestros sentimientos más mezquinos,
- cuando tenemos grandeza de corazón y mansedumbre en lugar de odio o rencor,
- cuando nuestra fe supera las dudas y las tinieblas y vivimos con moderación y continencia en este mundo tan consumista,
- cuando vivimos la verdadera castidad del corazón en un mundo que banaliza el verdadero amor…
Cuando vivimos de esa forma (y lo que acabo de enumerar son los frutos del Espíritu Santo según el viejo catecismo) prosigue Rahner, “allí tenemos una experiencia que no se puede ignorar en la vida… Allí está la sobria embriaguez del Espíritu de la que hablan los Padres de la iglesia y la liturgia antigua…”
Miremos hacia nuestro interior y descubramos nuestra experiencia del Espíritu.
A Nicodemo eso de ir naciendo de nuevo le resultaba difícil de comprender: el Espíritu, le dijo Jesús, es como el viento, uno sabe que está, pero no sabe de dónde viene ni a dónde va. A veces va tan pegado a ti que no te das cuenta. El aire que respiramos solo lo notamos a veces los asmáticos.
El poeta León Felipe decía: “ya vendrá un viento fuerte que me lleve a mi sitio”. Que ese viento sea el del Espíritu Santo.
Digamos con Camus, que el Espíritu Santo “camine junto a mí, para sencillamente ser mi amigo”.
Que él nos acompañe, como acompañó a María, y vaya haciendo realidad en nosotros sus frutos y que un fuego vivo nos ilumine y un viento fuerte nos arrastre y nos impulse a llevar el Espíritu del Señor a todos los corazones. Que María, la Madre llena del espíritu Santo, nos ayude a recibirlo y a vivir siempre con Él.
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote Jesuita
Homilía de D. Norberto García Díaz. 23 mayo 2026