Podemos decir que estamos sembrados y que lo nuestro ahora es dar fruto porque un día vino el Sembrador y derramó la semilla sobre nuestra tierra.

Una parte de la semilla cayó en cada uno de nosotros y debemos preguntarnos qué ha pasado con esa semilla, cómo la hemos recibido.
Isaías, en la primera lectura, acentúa la necesidad de que la semilla en forma de Palabra retorne al Sembrador, el Señor, en forma de fruto copioso.
Pablo, en la Carta a los Romanos, dice que “la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto”. Realizar lo que Dios espera de nosotros es algo que implica un proceso de hacerse hombres nuevos que Pablo compara con el dar a luz de una madre. Es la humanidad nueva en una tierra nueva.
Todo ello invita a entrar en la parábola del Evangelio de hoy y tomar conciencia de cómo afecta la Palabra a nuestra vida.
En primer lugar, fijémonos en el Sembrador. Ha sido muy generoso al derramar la semilla y, en ningún momento la ha escatimado. La ha dejado esparcirse por todos los terrenos.
La Palabra, que es la semilla, puede llegar a todos sin excepción. La diferencia radica en cómo hayamos preparado nuestro terreno para recibirla y el fruto que produzca: ¿a qué nos parecemos más?: ¿al borde del camino, a las zarzas, al terreno pedregoso o a la tierra buena?
Se parece al borde del camino quien carece de interioridad, vive siempre en lo inmediato y no dejar que surja con fuerza un planteamiento interior. Falta tierra para recibir la semilla porque está demasiado pisoteada.
También podemos estar en medio de zarzas, Puede penetrarnos el mensaje del Evangelio y nos proponemos vivirlo, pero, a la hora de la verdad, nuestra mente no encuentra reposo. Las preocupaciones de cada día y los proyectos más inmediatos hacen que naufraguen los más profundos y todo se queda en buenas intenciones porque el tiempo no da para más. Cualquier conato de crecimiento queda ahogado.
Podemos parecernos a un terreno pedregoso cuando estemos volcados hacia tantas cosas que todo nos resbale. No hay posibilidad de que se asiente la Palabra.
También, ¡ojalá!, podemos ser tierra buena. Eso supone unos cuidados que los agricultores conocen muy bien. También lo sabe el que cuida una maceta o un bonsái: no basta con sembrar; hay que preparar y trabajar el terreno para obtener una buena cosecha o para que la planta prospere.
Estoy seguro de que todos queremos ser tierra buena y dejar que la palabra del Evangelio penetre y transforme nuestra vida. El pasado domingo se nos hablaba de la necesidad de descubrir al Dios de Jesús y no vivir nuestra fe con temor sino con amor y sencillez. Jesús vino precisamente a descubrirnos y purificar esa imagen. Debemos acoger su palabra de una manera activa.
Hay que arar la tierra, remover lo que impide el crecimiento, regar y abonar.
Es importante apartar todo lo que impide la interioridad, lo que imposibilita la escucha de la Palabra y hacernos receptivos a ella. Necesitamos momentos de paz y soledad que nos hagan permeables a esa Palabra que el Señor envía a todos.
Pidámosle a María, la Esclava del Señor, que estemos siempre atentos a su palabra, como Ella lo estuvo, para dar el fruto que el Señor espera de nosotros.
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita
Comentario del Evangelio 12 de julio 2026