Las dos primeras lecturas de hoy que invitan a que todos los hombres se sientan ‘pueblo de Dios’.
No es bueno este momento para afirmar la universalidad. La crisis migratoria y la avalancha de Ceuta pueden hacernos mirar con recelo a los de fuera. Esto no casa bien con las dos primeras lecturas de hoy que invitan a que todos los hombres se sientan ‘pueblo de Dios’.
Isaías, hacia el siglo V antes de Cristo, a la vuelta del destierro, afirma que el templo de Yahvé tiene que ser una casa de oración para todos los hombres de buena voluntad, porque Dios quiere por igual a todos sus hijos, y atenderá tanto a los del pueblo judío como a los extranjeros.
San Pablo utiliza su condición de antiguo pagano para decirles a los romanos que también a ellos les llega la salvación de Dios.
Irse a un país extranjero para residir en él no es algo fácil. Al llegar no se suele conocer el idioma ni los usos y costumbres de la nueva nación. La comunicación se hace difícil. En muchas ocasiones, los naturales del país tienden a mirar al extranjero con desconfianza. Piensan que viene a quitarles lo que es suyo: los puestos de trabajo, las atenciones sociales, etc. Se ve al inmigrante como una amenaza.
El relato del Evangelio de hoy puede considerarse una catequesis o una parábola, pero no dicha o predicada, sino vivida por Jesús. Trata del encuentro de Jesús con una extranjera, una cananea.

Tener en cuenta a los extranjeros, y más aún si eran mujeres, no encajaba bien en la mentalidad de los contemporáneos de Jesús, incluidos sus discípulos, porque consideraban que Yahvé era algo exclusivo de su pueblo. Jesús era judío y vivió toda su vida en Judea y entre judíos.
Jesús simula que está de acuerdo con esa mentalidad racista. Quiere probar la actitud de sus discípulos y la fe de aquella mujer. Le dice que él solo ha venido para las ovejas de Israel; incluso llega a decir a la mujer la terrible frase de que no se puede echar a los perros la comida de los hijos.
Los discípulos interceden por ella, en contra de sus principios: tal vez lo hacen para que se calle y no siga molestando con sus gritos.
Jesús acaba diciendo que no es la pertenencia a un pueblo o a una religión lo que trae la salvación de Dios, sino la fe, la confianza en él, la postura del corazón de las personas. Dios quiere la salvación para todos, independientemente de su raza, ideología o religión.
Este texto de la Cananea, tan desconcertante a simple vista, intenta hacer caer en la cuenta de algo importante para nuestra vida y es que tenemos que dejarnos transformar por Jesús, aunque en ocasiones pueda desconcertarnos.
Alaba la fe de esta mujer, como alabó la del Centurión, también pagano y afea su conducta a Pedro (le llama “hombre de poca fe” y “Satanás”).
Considera la fe de aquella cananea como ejemplo de la fe que llega hasta el corazón de Dios.
Dejémonos transformar por la sensibilidad de Jesús.
Abramos las fronteras y los corazones, y no discriminemos a nadie por ser diferente. Esta es la gran lección de este domingo. Ante Dios nadie es diferente. A todos nos ama y todos estamos necesitados de salvación.
Pidamos a María que nos llene de fe, esperanza y amor que nos ayuden a seguir a Jesús hasta el final.
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita
Comentario del Evangelio 16 de agosto 2026