El pasado domingo el Evangelio trataba de la corrección fraterna y de la oración en común. Hoy trata del perdón. Es algo tan importante que está en el núcleo del padrenuestro y condiciona el modo como queremos que Dios nos perdone a nosotros.
El perdón es una exigencia del amor.

En la convivencia familiar o social pueden surgir problemas, malentendidos, discusiones e incluso ofensas entre las personas.
Un cristiano siempre tiene que buscar la reconciliación y eso pasa por el reconocimiento del propio pecado y por perdonar a quien le ha ofendido.
San Pablo exhortaba al perdón mutuo haciendo presente a Cristo: “Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros” (Col 3,13).
El amor cristiano no conoce límites, encontrando en el amor al enemigo, al que no se lo merece, su alcance más universal.
A Jesús le formulan una pregunta sobre los límites del perdón: ¿cuántas veces hay que perdonar? Jesús responde que, para sus seguidores, el perdón no tiene límites, puesto que hay que perdonar siempre y en toda circunstancia.
Perdonar y amar son dos verbos difíciles de conjugar, pero siempre nos hacen más felices. Ambos son gratuitos. Además, el perdón no es sólo un favor que hacemos al ofensor, es un bien para nosotros mismos. El más beneficiado es el que perdona.
Jesús ilustra esta enseñanza con una parábola cuyo protagonista no es ninguno de los dos siervos sino el rey. Un rey que perdona incondicionalmente al que no puede pagarle de ninguna manera una enorme deuda que equivaldría a 60 millones de jornales.
En este rey podemos ver al Dios que se revela en Jesucristo, un Dios que perdona sin condiciones y que acoge a los pecadores, un Dios de misericordia y de bondad.
Jesús, el verdadero rey, en la cruz, no solo perdona, sino que se convierte en el abogado defensor de sus verdugos: “Perdónales, porque no saben lo que hacen”. La parábola de hoy pide que nos identifiquemos con este rey que perdona.
Tanto el perdón como el amor necesitan ser transmitidos para producir su efecto transformador.
El siervo llamado inicuo no perdona a otro una deuda insignificante. No le vale el perdón porque no lo transmite y no lo comparte.
El padrenuestro nos recuerda que para ser perdonados necesitamos perdonar a los que nos ofenden. Al hacerlo nos identificamos con el Padre celestial.
La parábola del evangelio recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado y que debe ser el motivo para perdonar a los demás.
El tema del perdón no deja de ser actual en un mundo plagado de enfrentamientos y de intolerancia, tanto en la política global como en los ámbitos familiares, laborales y en general en todas las relaciones humanas.
Los cristianos estamos llamados a “ir contra corriente”, y a contrarrestar las olas de violencia e intolerancia con hechos y palabras de acogida, comprensión, misericordia y perdón.
Que María, Madre de Jesús y Madre nuestra, nos ayude a saber perdonar como el Padre Celestial nos perdona a nosotros.
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita
Comentario del Evangelio 13 septiembre 2026