DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama”.

Estas palabras del aleluya que antecede a la lectura del evangelio pueden ayudarnos a dar sentido a la liturgia de hoy, así como a nuestra vida. Abramos bien los ojos de nuestro corazón para que su mensaje llegue hasta lo más hondo de nuestra vida.

El profeta Isaías escribía el texto de la 1ª lectura 600 años antes de la parábola del evangelio anunciando que vendrían tiempos de prueba y tribulación y seguirían otros en los que Dios secaría todas las lágrimas de nuestros ojos y proporcionaría toda clase de exquisitos manjares. Los tiempos difíciles quedarían atrás.

Pablo, desde la cárcel, escribe a los cristianos de Filipo dándoles ánimos porque, habiendo superado todas las pruebas, se sentía capaz de una vida en plenitud al margen de lo que pudiera traerle la vida, bueno o malo. Ya nada podría apartarlo del amor de Cristo. La prueba ha sido dura, pero está superada y todo lo puede en aquél que le conforta.

En el salmo 22, con la mesa preparada y con la copa rebosando, el buen Pastor nos lleva por los mejores pastos donde nada falta.

En la parábola de Mateo, Jesús dice a los que se sienten amos y señores de todo, los sacerdotes y doctores de la ley, que la invitación al banquete del Reino es para todos. Ellos se han resistido al convite y se han ido retirando con disculpas muy razonables: unos de manera consciente «no quieren ir». Otros responden con indiferencia y «no hacen caso» porque sólo les importan sus tierras y sus negocios. Algunos incluso reaccionan de manera hostil contra los criados.

Son muchos los hombres y mujeres que no escuchan la llamada de Dios. Les basta con responder de sí mismos ante ellos mismos. Puede que no sean muy conscientes de ello. Viven una existencia «solitaria», encerrados en un monólogo perpetuo con ellos mismos. El riesgo siempre es el vivir cada día más sordos a toda llamada que pueda transformar de raíz su vida. Los ojos de su corazón están ciegos. 

Esta obliga a salir a los caminos e invitar a todos los que tienen hambre de ese banquete. 

Queridos amigos, tenemos que salir de “nuestro propio querer e interés”, como dice Ignacio de Loyola en los Ejercicios, y abrir nuestros corazones a la llamada de Dios. Vivimos tiempos difíciles. Se adivinan problemas muy serios en nuestra sociedad. Da la impresión de que muchos importamos muy poco para los intereses de otros. Pero todos estamos invitados al banquete de la vida. 

“Tutti Fratelli” es el título de una Encíclica del Papa Francisco. Es una invitación a la amistad y a la convivencia. Algunos la criticaron porque intuyen que no está en sintonía con sus intereses egoístas, pero todos estamos invitados a una vida más allá de los problemas del presente. 

No escapemos como los mandamases del pueblo judío. Unámonos al banquete desde el cruce de caminos en el que nos encontramos. 

Abramos bien los ojos de nuestro corazón y, acompañados por María, la Madre de Jesús, respondamos generosamente a su llamada. Él es fiel y nunca nos fallará.

Que así sea.

Paco Zanuy. Sacerdote jesuita

Comentario del Evangelio 11 de octubre 2026