
El día de todos los santos es un día para pensar en la felicidad y en el cielo. Esto no resulta fácil en un mundo con tantas guerras y tanto sufrimiento.
Son situaciones que alejan a muchas personas de la idea de Dios y de la felicidad. También es cierto que hoy se nos está vendiendo una idea de la felicidad que tiene poco que ver con la felicidad que proclama el Evangelio que acabamos de escuchar.
Pese a todos los motivos de tristeza, estamos quienes sentimos la alegría de ser hijos de Dios porque, como dice Juan, “lo somos” y estamos quienes creemos en la santidad y hemos conocido a auténticos santos que no están canonizados ni lo estarán nunca porque han vivido en el anonimato.
Desde el siglo IX reunimos en la fiesta de este día a todos nuestros santos. Y cuando decimos “todos”, nos referimos con alegría a la totalidad de los salvados por la misericordia de Dios.
Son santos y santas que hemos podido conocer y han convivido con nosotros (quizás fueron familiares y amigos nuestros), que amaron a Dios, le fueron fieles en el anonimato y vivieron las bienaventuranzas. Todos ellos merecen ese premio que solo Dios puede y quiere darles, puesto que en este mundo no recibieron ninguna recompensa.
Son muchísimos. Solo Dios los puede contar. A lo mejor basta con mirar a nuestro alrededor para descubrir a algunos. Yo recuerdo a varios. Otros sí pasaron esta barrera y llegaron a ser reconocidos por la Iglesia, pero ya tienen sus fiestas.
En esta celebración cristiana de Todos los Santos, podemos tratar de entender y vivir algunos rasgos de nuestra fe en la vida eterna. No vamos a pensar en otras celebraciones importadas que nada tienen que ver con nuestra fe ni con nuestras tradiciones.
Hoy podemos preguntarnos qué significa creer en el cielo.
Creer en el cielo es resistirse a aceptar que la vida es sólo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.
Creer en el cielo es rebelarse con todas las fuerzas a que esa inmensa mayoría dehombres, mujeres y niños, que sólo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creemos en unavida donde ya no habrá pobreza, ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por finpodremos ver a los emigrantes y refugiados del mundo llegar a su verdadera patria.
Creer en el cielo es acercarse con esperanza a tantas personas sin salud, enfermoscrónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y laangustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creemos que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: “Entra para siempre en el gozo de tu Señor”.
No podemos resignarnos a que Dios sea para siempre un «Dios oculto», del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No podemos hacernos a laidea de no encontrarnos nunca con Jesús. No nos resignamos a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y feliz se pierdan en el vacío. Un día los últimos serán primeros y “las prostitutas nos precederán en el reino de los cielos”. Conoceremos a los verdaderos santos de todas las religiones y de todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y entregándose sin esperar nada.
Esta fiesta es el triunfo de la redención realizada por Cristo. Que, con la ayuda de María, su Madre Santísima, se realice también en nosotros.
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita
Comentario del Evangelio 1 de noviembre 2026