“¡Mi alma está sedienta de ti, Señor, ¡Dios mío!”

Esta exclamación del salmo 62 brota de lo más hondo del hombre. Es un ansia del ser humano que exige cuidado y vigilancia para alcanzar el encuentro con Dios.
Necesitamos sentir esa sed de Dios para dar sentido a nuestra vida de creyentes. Los textos de la liturgia de hoy enseñan a vivir en un mundo tan desconcertante como el nuestro. La sed de Dios , que también lo es de sabiduría, puede ser tan fuerte que hasta cuando despertamos en la noche hace sentir la necesidad de sentirlo a nuestro lado, como expresa el salmo 62.
La primera lectura invita a buscar la sabiduría activamente porque “Se deja encontrar por quienes la buscan” y se ofrece a todos, pero exige esfuerzo y vigilancia para descubrirla.
Falta muy poco para el final del año litúrgico y todo apunta hacia lo más definitivo de la vida. San Pablo lo dive muy claro: “Si creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado nos reunirá con Él y estaremos siempre con Él”. Es la esperanza de una vida definitiva con el Señor.
Jesús también advierte de la necesidad de estar siempre vigilante y lo propone en la parábola de las doncellas prudentes cuando presiente que se acercan su pasión y muerte. Tiene que prepararnos ya para su segunda venida al final de los tiempos.
La primera enseñanza es la necesidad de estar vigilantes, “porque no se sabe el día ni la hora”.
Se destacan las lámparas y el aceite que las alimenta, pero lo más importante es la luz, el amor, la sed de Dios. Esa luz es la fe y la gracia que recibimos en el bautismo.
La parábola insiste en necesidad de permanecer despiertos y no permitir que falte el aceite en nuestras lámparas.
Hemos de ser conscientes de nuestro estar en el mundo y de permanecer fieles a las bienaventuranzas y a nuestra misión. Lo contrario sería vivir anestesiados y ajenos a lo que sucede en nuestro entorno y en nuestro interior.
Los símbolos de la parábola son varios: las lámparas, el aceite, la reserva de aceite, el estar despiertos y vigilantes, la imprevisión y el dormirse y el esposo que llega para el banquete.
Estos símbolos ayudan a comprender lo que sucede en la vida del creyente. El aceite es el amor que nos hace capaces de iluminar y de estar siempre dispuestos para descubrir al Señor que se nos manifiesta en nuestras relaciones y en la naturaleza. Permite acceder a esa sabiduría de la que habla la primera lectura de hoy y que ayuda a verlo todo en su justa medida y a permanecer atentos a lo relevante de nuestra vida. Hay que alimentar la lámpara e impedir que se nos agote el amor y nos quedemos vacíos de sentido y de sabiduría.
Cuando hablamos de la segunda venida de Señor y del fin de los tiempos no nos referimos sólo al fin del mundo, sino también a cuando nos llegue a cada uno la hora de definitiva de encontrarnos con el Señor y participar de su banquete. Pero no hay que hacerlo por temor sino porque nuestra vigilancia, alimentada por el amor, nos llevará al encuentro con Dios.
Que María, nuestra Madre del cielo, nos ayude a permanecer despiertos y fieles al Señor.
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita
Comentario del Evangelio 8 de noviembre 2026