Santa Maria, Madre de Dios. Ciclo A

Jesús no tuvo una casa donde nacer y sus padres huyeron con él a Egipto porque lo perseguían para matarlo. María y José, con su desamparo, nos recuerdan situaciones sangrantes de nuestro mundo en el año que hoy comienza, un año que debe formar parte de una historia de Salvación.

María puede conducirnos para entrar en esta historia de Salvación. Hoy celebramos su mayor fiesta, Santa María Madre de Dios.

Por Ella llegó Jesús entonces y llega hoy al mundo iniciando un tiempo nuevo.

María nos hace caer en la cuenta de que Dios se sometió a la condición humana, asumió nuestra debilidad y nos rescató del poder esclavizador de la ley para que pudiésemos clamar a Dios llamándole “Abba”, Padre, y así pasar a ser sus herederos, como dice Pablo en la segunda lectura.

María dijo sí a la entrada de Dios en la humanidad y continuó toda su vida «guardando la Palabra y meditándola en su corazón», como dice el evangelio.  Así adquirió fuerza para superar las pruebas que vendrían. María estará presente en la infancia de Jesús y también en su Pascua, su muerte y Resurrección, cuando será necesario comprender «desde dentro» lo más esencial.

La Navidad y la fiesta de hoy enseñan que el Hijo se hizo hombre para que nosotros vivamos como hijos de Dios y también como hermanos de Jesús y como hermanos entre nosotros. María es su Madre y también nuestra Madre.

Es bueno comenzar el nuevo año elevando nuestros ojos a María. Ella nos acompañará durante los días que vienen con el cuidado y la ternura de una madre. Ella cuidará nuestra fe y mantendrá viva nuestra esperanza. No la olvidemos a lo largo de este año.

Comienza un tiempo nuevo: hagámoslo con voluntad de renovación. Cada año es un tiempo abierto a nuevas posibilidades, un tiempo de gracia y de salvación que invita a vivir de una manera nueva. 

¿Qué puedo esperar de 2026? 

¿Me dedicaré a «hacer cosas», a resolver asuntos, acumular tensión, nerviosismo y malhumor o será un año en el que aprenderé a vivir de un modo más humano?

¿Qué es lo que realmente quiero de este año? ¿Lo dedicaré a amar la vida con gozo y gratitud?

¿Reservaré tiempo para el descanso, el silencio, la música, la oración, el encuentro con Dios? ¿Alimentaré mi vida interior o viviré corriendo de una ocupación a otra, sin saber lo que quiero ni para qué?

¿Dedicaré tiempo para el disfrute íntimo con mi pareja y la convivencia gozosa con los hijos? ¿O dejaré a un lado mi hogar y me organizaré a mi manera? ¿Aprenderé a amar con más dedicación y ternura a los míos?

¿Contagiaré alegría, vida y esperanza en mi encuentro con los demás, o les comunicaré desaliento y tristeza? Por donde yo pase, ¿la vida será más gozosa y llevadera o será más triste, más dura y penosa?

¿Viviré de espaldas a Dios o haré que sea mi mejor Amigo? ¿Permaneceré mudo ante él, sin abrir mis labios ni mi corazón, o brotará por fin desde mi interior una invocación humilde pero sincera? ¿Aprenderé por fin a orar y a convertir mi vida en oración? ¿Dedicaré cada día un pequeño espacio a leer y meditar el Evangelio?

Ahora es el momento de abrir el corazón y dejarme impregnar por las palabras de ánimo y de bendición de la primera lectura y que el Señor Dios comunicó a Moisés para bendecir a su pueblo peregrino:

“El Señor te bendiga y te proteja,

ilumine su rostro sobre ti

y te conceda su favor.

El Señor te muestre tu rostro

y te conceda la paz”.

Que así sea, amigos.

Homilía D. Norberto García Díaz

1 de enero 2026