II DOMINGO CUARESMA . Ciclo A

Adentrarnos en la aventura del encuentro con Dios. 

La liturgia de hoy invita a abandonar durante algún tiempo la rutina cotidiana para adentrarnos en la aventura del encuentro con Dios. 

Abrahán se siente seguro en su tierra y tiene todo lo necesario para su bienestar cuando escucha la voz de Dios. Entonces se pone en camino para fundar el pueblo de Israel, donde nacería Jesús. Lo hace poniéndose totalmente en manos de Dios que es fiel a su promesa.

Pablo le pide a Timoteo que asuma el duro trabajo de la construcción del Reino de Dios en este mundo. Timoteo también deja su cómoda vida rutinaria y Pablo le dice que confíe porque Dios le sostendrá con su gracia.

La Transfiguración antecede a las duras pruebas que están por venir. Es necesario ir a lo hondo de la realidad para poder superarlas.

Los apóstoles no entenderán al Jesús torturado, al varón de dolores si no viven un pequeño adelanto de lo que será el Jesús glorioso.

Hay que tener presente la historia del pueblo de Israel, así como de los momentos duros de mi propia historia. Debo caer en la cuenta de que la realidad va más allá de mis momentos difíciles y no se reduce sólo a lo mío.

Cuando llegan los momentos duros surgen grandes dudas sobre Dios. Siempre hay una nube que lo oculta y hace que la fe se mueva entre inseguridades. 

También hay otros momentos en los que esa nube se llena de luz y permite escuchar el mensaje más importante: “Este es mi Hijo amado”, junto con un mandato claro: “¡Escuchadle!”

Ignacio de Loyola, en los Ejercicios, llama “consolación” a cuando las cosas adquieren sentido y llenan de esa paz que permite soportar las situaciones más difíciles.  Cuando una persona saborea la interioridad vive momentos de encuentro y paz que le hacen capaz de superarlo todo.

La tentación es pensar que uno puede quedarse definitivamente en esa consolación y prescindir de la realidad. Por eso Jesús riñe a Pedro que quiere acampar en la paz del misterio comprendido.

Habrá que bajar del Tabor con una experiencia profunda de uno mismo, de su propia historia y de Jesús que hacen superar las dificultades. Esto sólo se comprende cuando se ha vivido la prueba.

El Tabor es un adelanto de la Resurrección, pero hay que vivir la pasión para llegar a la comprensión total del misterio.

Después de la Resurrección, cuando, para creer en Cristo, se haya aceptado el escándalo de su pasión y cruz, se podrá hablar también de su gloria.

Este episodio fue una experiencia positiva para los apóstoles y que a todos nosotros nos abre a la esperanza. Necesitamos esos momentos de Tabor que nos den fuerza para seguir adelante. 

Vendrán momentos difíciles y necesitaremos la sabiduría y la fuerza del Espíritu, el apoyo de la comunidad y momentos frecuentes de oración. Lo necesitamos para que no se nos haga insoportable el caminar.

En este segundo domingo de Cuaresma se nos invita a dejar la rutina para aventurarnos a seguir a Jesús. Esto supondrá un esfuerzo, pero merecerá la pena. Deberemos salir, como Abrahán, de nuestra “tierra”, de nuestra rutina, y animarnos a subir junto a Jesús al Tabor del Evangelio.

Que la madre de Jesús nos acompañe y nos ayude a obedecer el mandato del Padre: ¡Escuchadlo!

Que así sea.

Paco Zanuy

Homilía D. Norberto Garcia Díaz. Domingo 1 marzo 2026