Del cumplimiento de la ley al amor auténtico
La liturgia de hoy nos lleva una vez más a plantearnos nuestro seguimiento de Jesús cuando estamos a un paso de comenzar la santa cuaresma.
El libro del Eclesiástico ofrece una clave para interpretar el mensaje del Sermón de la montaña: tener libertad y capacidad de elección frente a realidades contrapuestas. Una libertad que no se fundamenta en la sabiduría de este mundo, sino en un corazón abierto a la verdadera sabiduría, la de Dios. Lo dice Pablo en su 1ª carta a los Corintios.
En el evangelio de Mateo Jesús expone el núcleo de su mensaje sin ceder a soluciones de compromiso. Se puede rechazar, pero no valen las excusas ni el ponerse de perfil.
Jesús potencia los mandamientos de la ley con autoridad y hablando al corazón. Es lo que manifiesta el “habéis oído, pero yo os digo”. No caben las medias tintas.
Jesús no anula la ley sino la exige en su espíritu, más allá de la pura letra. No aligera la ley ni la hace más pesada, sino que manifiesta las implicaciones profundas que tienen los mandamientos de Dios, sin casuística leguleya. Un teólogo dijo que “El cristiano no es el hombre de la minucia, sino de la totalidad” (Ravasi). Se va a la raíz, al centro, al núcleo del Mensaje.
Jesús, en el Sermón de la Montaña, no pretende hacer personas intachables, sino personas fieles al proyecto de Dios. Todo radica en la interioridad. Revela el pecado en su escondite más secreto: el corazón del hombre.
La ley prohíbe matar. Pero Jesús dice no a la cólera, al odio en el corazón, al desprecio del otro, a ignorar al hermano. Es muy fuerte eso de no presentar la ofrenda en el altar mientras uno no esté reconciliado con sus hermanos.
La ley antigua condenaba el adulterio. Jesús rechaza también la concupiscencia y los deseos deshonestos que también ensucian al hombre. Más adelante le oiremos decir que no mancha al hombre lo que entra por los ojos sino lo que sale del corazón.
La ley antigua sanciona el divorcio en determinadas condiciones y respetando ciertos procedimientos. Pero Jesús dice: la entrega al otro debe ser total, incondicional, gozosa, sin reservas ni egoísmos.
La ley antigua prohíbe jurar en falso. Pero Jesús dice no a todos los juramentos. La sinceridad y la lealtad, propias de una persona veraz, son una garantía más que suficiente.
Jesús es un Maestro exigente que no se contenta con apariencias, sino que busca la verdad de nuestro corazón.
La moral de Cristo es la expresión de una sabiduría escondida, no evidente, que sólo puede ser acogida por la revelación del Espíritu, el único capaz de escrutar las profundidades de Dios, y que conduce a la plenitud de la vida.
Esa sabiduría escondida nos abre al proyecto que Dios reserva “para los que lo aman”, para los que saben vivir desde dentro, desde el espíritu y la verdad donde sólo caben el sí y el no, sin juramentos.
El «pero yo os digo» de Cristo afecta a quienes queramos seguirle desde la autenticidad de nuestra vida con el lenguaje del amor, como hizo María con su FIAT, con su SÍ rotundo al Padre. Que Ella nos ayude a ser fieles en la entrega incondicional a la ley de Jesús, la Ley del Amor que el Espíritu Santo graba en nuestros corazones.
Que así sea
Homilía D. Norberto García Díaz
(Extraída de un texto de Paco Zunai)
Domingo 15 febrero 2026
Paco Zanuy