LA LUZ QUE ABRE LOS OJOS Y EL CORAZÓN

La luz nueva en los ojos de un ciego de nacimiento es un anticipo de la luz del Cirio Pascual que anunciará una vida nueva la Vigilia del Sábado Santo. Será el momento de renovar nuestro compromiso de vida cristiana.
Juan es el evangelista de los símbolos. El domingo pasado eran la sed y el agua; hoy es la luz en uno de los más bellos pasajes del evangelio.
En él se contraponen los fariseos, dueños del saber espiritual y el ciego de nacimiento con la experiencia de salvación vivida. Los fariseos son incapaces de reconocer la luz del Mesías mientras el ciego se encuentra con Jesús y vive una rica experiencia de encuentro con la luz, no sólo la de sus ojos sino también la que ilumina el corazón.
El ciego de nacimiento mantiene con Jesús un breve diálogo que le va abriendo a la luz: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. “¿Quién es, Señor, ¿para que crea en él?”. «Creo, Señor» y “se postra ante él”.
El ciego se cura de su ceguera: “y empieza a ver”. Comienza a ver con los ojos y acaba viendo con el corazón.
La ceguera de los fariseos va creciendo. Ellos están seguros de ven más claro cuando en realidad se van cegando da vez más. Son como muchas personas que buscan a Dios sin plantearse las preguntas fundamentales y luego dicen que no lo encuentran cuando deberían decir que han perdido la capacidad de buscar.
La superficialidad, la autosuficiencia o el pasotismo les impiden ver su realidad más honda. Sólo les importa el presente, el placer o el lucro inmediatos. Carecen de vida interior. No buscan el sentido de la vida.
Hay que abrirse a la luz para buscar una respuesta a las preguntas más profundas si no queremos hundirnos en una absoluta carencia intelectual y espiritual capaces de destruirnos.
Muchos aspectos del mundo en que vivimos no nos gustan. Basta con seguir cada día las noticias para hacerse muchas preguntas, sobre el valor de la vida, sobre a dónde nos llevan estas situaciones que golpean a tantos pueblos.
Esta cuaresma es el momento de sentirnos necesitados de conversión. Ansiamos la luz como el ciego de nacimiento. Como él, nos a acercamos a Jesús y le pedimos que ilumine los ojos de nuestro corazón y que aumente nuestra fe.
Sintamos que también podemos preguntarnos, como los discípulos, por la parte de responsabilidad del mal en el mundo que nos pueda corresponder y por nuestra ceguera a la hora de mirar la realidad.
Podemos ver, como los vecinos del ciego, los signos de la presencia de Dios sin que eso nos haga cambiar. También podemos asustarnos, como los padres del ciego, por las consecuencias de mirar de frente a una luz que exige vivir de otra manera.
En esta vida no veremos a Dios y siempre seremos un poco ciegos, pero siempre podremos estar abiertos a una presencia cálida como el sol y a unas voces que podremos escuchar por dentro, aunque sea de noche. Para ello hace falta dejarse iluminar.
Necesitamos superar la superficialidad y entrar en lo más íntimo de nosotros donde se encuentran el “yo” y el “tú”. Y también necesitamos decir, como San Agustín: “Mostraste tu resplandor y pusiste en fuga mi ceguera. Exhalaste tu perfume y respiré. Gusté de Ti, y siento hambre y sed. Me tocaste y me abraso en tu paz”.
Pidamos al Señor, como el ciego de nacimiento, la capacidad de ver lo más profundo de la realidad, la capacidad de ver con el corazón.
Así lo hizo María, Madre de Jesús y Madre nuestra. Nos ponemos en sus brazos para que nos ayude a encontrar luz para nuestros ojos y sobre todo para nuestro corazón.
Que así sea.
Paco Zanuy
Homiía D. Norberto Garcia Díaz. 15 de marzo de 2026