
Las lecturas de hoy son inspiradoras y manifiestan la riqueza y vitalidad de nuestra vocación cristiana.
El profeta Isaías dice en la primera lectura que Dios nos ha preparado desde nuestras entrañas para ser luz y salvación hasta el confín de la tierra, y que estamos preparados para ser felices haciendo felices a nuestros hermanos.
San Pablo, en la segunda lectura, comunica la gracia y la paz (el Papa Francisco diría “la alegría del evangelio”) que surgen del compromiso con el evangelio y de la tarea de llevarlas a los demás hasta todos los rincones del mundo.
El evangelio de Juan es el plato fuerte: hay que vencer al pecado, con el bautismo de Espíritu Santo y fuego (como dice otro evangelista). Tenemos que dejarnos contagiar por Jesús, ponernos en contacto directo con el evangelio, para conocerlo, amarlo y vivir con su estilo de vida y su espíritu.
Recuperar el «bautismo del Espíritu» es la primera tarea de la Iglesia y nuestra primera tarea como seguidores de Jesús. Dios no nos deja solos ante nuestros problemas. Jesús no sólo cura enfermedades, cura a las personas.
Los primeros cristianos no querían ser confundidos con los seguidores del Bautista que, como él mismo había dicho, bautizaba sólo con agua. Los «cristianos» tenían que dejarse transformar internamente por el Espíritu de Jesús.
Olvidar esto no es bueno ni para la Iglesia ni para nosotros. No son las doctrinas, las normas o los ritos externos los que sostienen o desarrollan la fe en Jesús. Es el mismo Jesús quien ha de «bautizarnos» y llenarnos de su Espíritu. Este Espíritu anima, impulsa y transforma. Sin este “bautismo del Espíritu” no hay cristianismo como repite continuamente el Papa Francisco en su “La alegría del evangelio”.
Jesús es el libertador, no de la esclavitud de Egipto, sino de la esclavitud del «pecado del mundo». No se trata de «los pecados» que puedan cometer los humanos sino del “pecado«, en singular. Ese pecado de toda la humanidad no es una «acción», sino una «situación». Se trata de la condición humana limitada y, además, inclinada a querer y hacer lo que daña a los demás. Eso sucede cuando alguien se apropia de lo ajeno o se deshumaniza a las personas dominándolas y humillándolas mediante cualquier forma de violencia.
Las cosas no son malas porque Dios ha querido que sean pecado, sino al revés, precisamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad son el pecado que Dios trata de quitar, de arrancar de nuestro corazón.
La fe de la Iglesia no está en los documentos del magisterio ni en los libros de los teólogos o en las normas y vestiduras litúrgicas. La única fe real es la que el Espíritu de Jesús activa en los corazones y en las mentes de los creyentes.
Son creyentes auténticos los que de verdad imitan a Jesús e introducen su Espíritu en el mundo. Son lo mejor de la Iglesia.
Una fe que consista sólo en aceptar preceptos sin experimentar en el corazón nada de lo que vivió Jesús no será capaz de resistir el paso de los años y ni de dar plenitud a una vida.
Necesitamos ser bautizados con Espíritu Santo y fuego. Necesitamos que este bautismo inunde todos los ámbitos de nuestra vida: la vida familiar, el estudio, el trabajo, el ocio o el compromiso con los más desfavorecidos de nuestra sociedad. Este bautismo del Espíritu ha de transformarnos y hacer que amemos profundamente a Dios y nos sintamos amados por Él.
Pidámosle al Señor, por medio de su Madre Santísima y desde nuestra madurez evangélica, la fe que surge de este bautismo. María la vivió como nadie. Dejémonos contagiar por Ella.
Que así sea, amigos.
Homilía D. Norberto García Díaz
18 de enero de 2026
Extraída de un texto de Paco Zanuy