«El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.
Así dice el Salmo 85 que acabamos de rezar.
El Libro de la Sabiduría (primera lectura) afirma que “su señorío sobre todo le hace ser indulgente con todos”.
También San Pablo, en su Carta a los Romanos (2ª lectura), dice que “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad”.
Desde estas premisas se entiende muy bien la parábola del Evangelio de hoy, el trigo y la cizaña:
“El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó”.

Jesús habla del Reino de los Cielos y afronta el problema del mal en el mundo, destacando la paciencia de Dios.
El dueño de un campo siembra trigo; pero una noche el enemigo siembra también cizaña.
Cizaña, en hebreo, tiene la misma raíz que “Satanás” y acentúa el concepto de división. El Maligno es un “sembrador de cizaña” y siempre busca dividir a todos: personas, familias, pueblos y naciones.
Los servidores quisieron quitar enseguida la cizaña, pero el dueño lo impidió diciendo: “No, porque si arrancáis la cizaña podéis eliminar también el trigo”. La cizaña, cuando crece, es muy parecida al trigo y es fácil equivocarse.
La parábola enseña que el mal del mundo no viene de Dios, sino de su enemigo, el Maligno.
Éste siembra la cizaña de noche, en la oscuridad, en la confusión, siempre donde falta la luz. Es un enemigo astuto que siembra el mal en medio del bien, de manera que nos resulte imposible separarlos claramente; pero Dios, al final, podrá hacerlo.
La actitud del propietario es de esperanza, con la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra.
Gracias a esta paciencia de Dios, la cizaña misma, es decir la persona con muchos pecados, puede llegar a ser un buen trigo.
Pero la paciencia evangélica no es indiferencia ante el mal ya que no se debe crear confusión entre el bien y el mal.
Ante la cizaña presente en el mundo estamos llamados a imitar la paciencia de Dios y alimentar la esperanza con una firme confianza en la victoria final del bien, es decir de Dios.
Al final el mal será eliminado. En el tiempo de la cosecha, es decir del juicio, los encargados de cosechar obedecerán al dueño y separarán la cizaña para quemarla.
Ese día de la cosecha final el juez será Jesús, quien ha sembrado el trigo en el mundo y se ha convertido Él mismo en “grano de trigo”, muriendo y resucitando.
Todos seremos juzgados con la misma medida con la que hayamos juzgado: “la misericordia que hemos usado con los demás será usada con nosotros”.
Pidamos a María, nuestra Madre, que nos ayude a crecer en paciencia, esperanza y misericordia.
Que así sea.
Paco Zanuy
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita
Comentario del Evangelio 19 de julio 2026