DOMINGO XVIII TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. 

Es la pregunta que se hace Pablo en la Carta a los Romanos. La respuesta es que, por muchas dificultades que surjan, nada lo hará. La razón es la infinita bondad de Dios que nos cuida y ama sin límites.

Las lecturas de hoy lo explican.

Isaías invita a saciarse con un alimento más valioso que el que se puede comprar con dinero. Es el escuchar la palabra que anuncia una alianza sin término repleta de la misericordia de Dios y que llenará totalmente nuestro espíritu.

El salmo 144 habla de ese Señor que es cariñoso con todas sus creaturas y que siempre nos sacia cuando nuestros ojos se dirigen a Él.

Desde tiempos muy antiguos se usaba este salmo para bendecir la mesa. Nuestros ojos se dirigen al Señor ansiando el alimento que nos saciará.

El evangelio de Mateo narra la multiplicación del pan. 

Después de la muerte violenta del Bautista Jesús busca la soledad y se retira en barca a un lugar desierto. Cuando llega encuentra que una multitud le ha seguido por tierra. 

Jesús al verlos siente compasión de ellos, o mejor, como dice el original griego, “se le conmueven las entrañas”. Y se pone a curar a los enfermos.

Va atardeciendo y los discípulos le dice a Jesús que despida ya a la gente para que vayan a comprar alimento porque están hambrientos. La respuesta de Jesús es: “Dadles vosotros de comer”. 

Es una llamada que se nos dirige también a nosotros. No podemos desentendernos de los problemas de los demás ni esperar a que nos podan ayuda. Los problemas de los necesitados son también nuestros problemas. Uno puede ponerse de perfil o retirarse discretamente antes de que le pidan algo o puede implicarse en las necesidades de los demás. Jesús dice “Dadles vosotros de comer”.

Los discípulos tan sólo tenían cinco panes y dos peces salados.

Jesús se los dice: “Traédmelos”. Ellos se los entregan. Aportan lo poco que tienen. Es lo que Jesús nos pide a nosotros porque desea nuestra participación para resolver los problemas del mundo.

Mateo emplea en este relato los mismos términos que luego pondrá en boca de Jesús en la institución de la Eucaristía.

Jesús manda que todos se recuesten en la hierba, toma el pan, eleva los ojos al cielo, lo bendice, lo parte y se lo entrega a los discípulos para que lo repartan a aquella multitud de cinco mil hombres y a las mujeres y niños que iban con ellos.

Todos quedan saciados. Es lo que anunciaba Isaías en la primera lectura con el alimento que se reparte gratis. 

Es también lo que estamos celebrando ahora en esta Eucaristía.

Cabe preguntarse si somos conscientes de que recibimos un alimento que no tiene precio: el Pan de Vida y la Palabra de Dios son un alimento muy necesario para el espíritu.

Nuestro mundo está muy hambriento de justicia, de paz, de fe, de pan y, sobre todo, de amor. Deseamos que Dios arregle todo esto y Él nos dice, “Dadles de comer vosotros”. Le respondemos que es muy poco lo que tenemos y Él nos pide que lo pongamos en juego.

En eso consiste el milagro más importante, en aportar cada uno lo poco que tiene. El Señor lo va a multiplicar.

Con todo ello irá creciendo el Reinado de Dios en nuestro mundo. Es también nuestra tarea. Si lo hacemos nada será capaz de separarnos del amor de Dios.

María dijo sí a su participación en el plan de Dios. Pidámosle que nos ayude a ser capaces de entregar al Señor lo que nos pide.

Que así sea.

Paco Zanuy. Sacerdote jesuita

Comentario del Evangelio 2 de agosto 2026