V DOMINGO CUARESMA

Nos acercamos ya a la Semana Santa para conmemorar la muerte y resurrección de Jesús.

Durante esta cuaresma estamos meditando la palabra de Dios para abrirnos a la esperanza. Lo necesitamos mucho en un mundo con demasiadas heridas que pueden llevarnos a pensar que Dios guarda silencio y nos tiene abandonados.

Necesitamos saber que merece la pena luchar y que no estamos solos; que Dios se ha hecho hombre para unir su suerte a la nuestra y que nos espera la resurrección.

En la primera lectura el sacerdote Ezequiel sufre con otros judíos el destierro y como profeta trata de levantar el ánimo de los desterrados.  

En la segunda lectura San Pablo recuerda que los cristianos hemos recibido el Espíritu que da vida y que nos libera de nuestro egoísmo.  

El Evangelio de San Juan sugiere que la resurrección de Lázaro es fruto del Espíritu que actúa en quienes, a pesar de todo, siguen confiando.

El mensaje central de las tres lecturas es que no estamos solos y que hay una Presencia de amor en la que existimos, nos movemos y actuamos.  

Esa Presencia nos hace capaces de vencer a la muerte desde la fe. Es el Espíritu quien suscita en nosotros esa fe en que, suceda lo que suceda, nuestro destino es la vida.

El evangelio muestra a a Jesús conmovido por la muerte de un amigo íntimo; le vemos sollozar y dirigirse a Betania, respondiendo a la llamada de las hermanas Marta y María. Jesús amaba a esos hermanos y regresa a Judea, arriesgando la vida; los discípulos tienen miedo, pero el maestro les recuerda que su misión se ejerce a plena luz; las tinieblas en que viven quienes lo rechazan no lo hacen vacilar. En esa luz, y sin temor, los discípulos deberán continuar su tarea. 

Jesús es consciente de su misión, pero es también uno de nosotros. Tiene amigos y comparte sus penas, llora con ellos. Las hermanas consideran que la muerte de su hermano Lázaro es definitiva: “ya huele”, le dicen. 

Jesús sabe que el Padre lo escucha y grita ante el sepulcro: “Lázaro, ven afuera”. Pone de pie al que estaba tendido, desata al que estaba ligado, da vida al que estaba muerto. «Yo soy la resurrección». Él encarna la vida; creer en él significa la vida definitiva.

La muerte ya está vencida. La presencia del Espíritu debe eliminar el miedo que nos paraliza, nos encierra en nosotros, no nos permite ver lo nuevo en nuestra vida y percibir allí las llamadas de Dios. Jesús nos libera de la mediocridad de una vida cristiana sin su aliento.

La resurrección de Lázaro es también un signo de la regeneración del creyente por el Bautismo, uniéndonos al Misterio Pascual de Cristo. Gracias a la acción y al poder del Espíritu Santo, podemos caminar en la vida como una nueva criatura: una criatura para la vida y que camina hacia la vida.

Que nuestra Madre María nos ayude a ser tan compasivos como su Hijo Jesús, que hizo suyo nuestro dolor. Que cada uno de nosotros esté cerca de los que están en la prueba, convirtiéndose para ellos en un reflejo del amor y la ternura de Dios, que libra de la muerte y hace que venza la vida.

Que así sea.

Extraida de un texto de Paco Zunai

Homiía D. Norberto Garcia Díaz. 15 de marzo de 2026