«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Hoy se nos plantea la misma pregunta que Jesús hizo un día a sus discípulos.

No se trata de una encuesta de opinión sino de que, mirando hacia nuestro interior y revisemos a fondo nuestra relación con Jesús. Quiere que tomemos conciencia de lo que significa en nuestra vida y que, si es necesario, cambiemos nuestro rumbo.
La relación con Él puede situarse en el terreno de las ideologías, de los simples sistemas de valores, o puede afectar a una realidad asentada en lo más profundo de mi interioridad y que afecte al modo de entender la vida y de vivir la fe.
El teólogo jesuita Karl Rahner decía que “El cristiano del futuro será un “místico” o no será cristiano”.
Esto quiere decir que podrá considerarse cristiano alguien que haya experimentado de alguna manera la belleza y el amor del Dios vivo, alguien que se haya sentido atraído por Él de manera que su fe sea auténtico conocimiento personal o, en caso contrario, esa fe no será auténtica.
¿Me esfuerzo por conocer mejor a Jesús o sigo encerrado en unos sistemas aprendidos que no repercuten en mi vida real? Puede sospecharse algo así cuando la fe aburre, cuando todo me sabe a lo mismo, cuando no tengo una vivencia, alimentada por la oración, capaz de ir descubriendo cada día la novedad del evangelio.
Debo preguntarme si mi amor a Jesús crece o se va convirtiendo en un personaje desgastado que ya no me dice nada. Puede que solo le busque en momentos de dificultad y después le culpe de lo que me sale mal. Mientras tanto la indiferencia y el olvido crecen en mi corazón. ¡Ojo! No confundamos estos síntomas con lo que los místicos llaman “noche oscura del alma”. Eso es otra cosa.
También es posible que me sienta discípulo suyo y vaya aprendiendo a vivir con su estilo. Es posible que la oración y la lectura del Evangelio cobren sentido y lleguen a ser para mí tan necesarios como el comer.
En definitiva, ¿quién es Jesús para mí?, ¿qué lugar ocupa en mi vida?
Pedro recuerda que en la Transfiguración el Padre le había llama “Hijo amado”. Y este recuerdo marca su respuesta. Lo de Rahner de “ser místicos” para vivir la fe tiene que ver con esto.
No puedo pretender acercarme a Jesús si no voy creciendo cada día en una experiencia seria de oración inspirada en el evangelio y que tiene repercusión en mi vida.
Tenemos que aprender a mirar la vida como la miraba Jesús. En nuestras celebraciones liturgias no podemos quedarnos indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: ellos fueron siempre los predilectos de Jesús.
Y esto ha de comenzar siempre por el “prójimo”. No podemos pretender abrir nuestro corazón a los que están lejos si no practicamos primero con los que tenemos a nuestro lado. No podemos decir que Jesús significa algo especial para nosotros, que Él es el Hijo de Dios vivo, si nuestra vida no es testimonio de su presencia.
Jesús resucitado camina con nosotros lleno de vida y nos anima a seguirle siendo testigos de un misterio de esperanza.
Que Él y su Madre Santísima nos ayuden a que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita
Comentario del Evangelio 23 de agosto 2026