
Algunas personas viven estas fechas navideñas con un sabor agridulce.
Se sienten obligadas a una alegría artificial que pretende disimular la melancolía por los seres queridos ausentes. Eso provoca que estas fechas pueden tener un toque de amargura. También es posible que el sentido religioso de la Navidad haya ido perdiendo relieve y sólo quede una obligación de vida familiar y de alegría forzada que no salen de dentro.
Hay que enfrentarse a todo esto para encontrar el secreto que escapa a muchos de los que en estas fechas celebran “algo” sin saber exactamente qué. Es muy posible que no puedan sospechar que, aparte de la invitación a los festejos y al consumo, la Navidad ofrece la clave para descifrar el misterio último de nuestra existencia.
Una generación tras otra, los seres humanos han buscado con angustia la respuesta a sus preguntas más profundas, las preguntas por el sentido.
¿Por qué tenemos que sufrir si, desde lo más íntimo de nuestro ser, nos sentimos llamados a la felicidad?
¿Por qué tanta frustración cuando lo que buscamos es abrirnos a la esperanza?
¿Por qué la muerte, si hemos nacido para la vida?
Nosotros también nos lo preguntamos y también se lo preguntamos a Dios porque, cuando buscamos nuestro sentido último, de algún modo estamos apuntando hacia Él. Pero Dios guarda silencio. Tal vez nos consumimos “esperando a Godot” como en aquella comedia del absurdo de Becket. Un Godot que no llega y que cuando aparece no es el que se espera.
Pero Dios ha hablado. Y en la Navidad tenemos su respuesta. No ha hablado a decir palabras hermosas sobre el sufrimiento. Dios no ofrece palabras, sino que «La Palabra de Dios se ha hecho carne». Más que darnos explicaciones, Dios ha querido sufrir en propia carne nuestros interrogantes, nuestros sufrimientos y nuestra impotencia.
Dios no da explicaciones sobre el sufrimiento. Sufre con nosotros.
Dios no responde al porqué de tanto dolor y humillación. Él mismo se humilla.
Dios no responde con palabras al misterio de nuestra existencia. Nace para vivir él mismo nuestra aventura humana.
Ya no estamos perdidos en la soledad y en la tiniebla. Él está con nosotros; su nombre es Enmanuel “Dios con nosotros”.
Hay luz y «ya no somos solitarios, sino solidarios», como dijo el teólogo brasileñoLeonardo Boff. Dios comparte la existencia del hombre como hombre: “plantó su tienda entre nosotros”.
El Padre Arrupe describe magistralmente en un poema-oración lo que sucede cuando abrimos la puerta de nuestras vidas al Dios-amor:
“Nada es más práctico que encontrar a Dios;
que amarlo de un modo absoluto y hasta el final.
Aquello de lo que estés enamorado y arrebate tu imaginación, lo afectará todo.
Determinará lo que te haga levantar por la mañana
y lo que hagas con tus atardeceres;
cómo pases los fines de semana, lo que leas y a quien conozcas; lo que te rompa el corazón y lo que te llene de asombro con alegría y agradecimiento.
Enamórate, permanece enamorado, y eso lo decidirá todo.”
Esto lo cambia todo. Es Dios mismo quien ha entrado en nuestra vida y ya es posible vivir con esperanza. Dios comparte nuestra vida, y con él podemos caminar hacia la salvación. La Navidad es para los creyentes una llamada a renacer, una invitación a reavivar la alegría, la esperanza, la solidaridad, la fraternidad y la confianza total en el Padre.
Lo que nos reúne en esta Eucaristía de Navidad es que Jesús nace hoy también en nuestros corazones, que alimenta nuestra esperanza y transforma profundamente nuestras vidas.
Y termino con un breve poema:
Ven a mi lado / Jesús querido. /Venga tu madre / también contigo.
Resulta duro / este camino; / será más leve/ si estás conmigo.
Que así sea, amigos. ¡Feliz Navidad!
Paco Zanuy