DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO. CICLO A.

Hand passing heart to another.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser y al prójimo como a ti mismo».

Puede sorprender hablar sobre los mandamientos esenciales y rezar con las lecturas de hoy viendo lo que se respira en gran parte de nuestro mundo y de nuestro propio país. 

Una homilía no es para suscitar la discusión o la indignación sino para intentar responder a los retos que plantea el evangelio y despertar la necesidad de orar y comprometerse.

Hay gente que sufre mucho y, por eso, el evangelio adquiere hoy una relevancia muy especial. Deseo que, en lugar de encerrarnos en nosotros mismos, nos abramos a los demás, hacia el prójimo del que habla Jesús y al que también alude la primera lectura.

En el evangelio vemos a Jesús respondiendo a unos fariseos que le hacen preguntas tramposas sobre el principal mandamiento de la ley. 

Son tramposas porque la respuesta no les interesa. Sólo quieren teorizar sobre los mandamientos y cazar a Jesús en algún desliz sobre la interpretación de la ley. No aceptarán nada que no los confirme en las mil y una normas inexcusables y de obligado cumplimiento. 

Se podían contar hasta 613 preceptos (365 comenzaban con un «no», y 248 con un perentorio «debes»). Había también centenares de normas, pedantes hasta el ridículo, referidas al mandamiento del sábado (que algunos consideraban el más importante de todos).

La respuesta de Jesús nos emplaza a ver qué es fundamental en nuestra vida, cuál es nuestra jerarquía de valores.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Estas palabras formaban parte de la oración que todo judío observante hacía por la mañana y por la noche. Y añade Jesús: “El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos.” 

¿Cómo escuchar hoy estas palabras de Jesús? ¿Cómo comulgar con el Cuerpo de Cristo si no sabemos comulgar con las preocupaciones, necesidades, dolores y alegrías de los hombres? ¿Cómo podemos pedir el perdón de Dios si no sabemos perdonar a los hermanos? ¿Cómo nos atrevemos a decir que amamos a Dios, si somos tan raquíticos, egoístas y mezquinos con los que nos rodean? 

Surgen muchas preguntas. ¿Qué es amar a Dios y cómo se puede amar a alguien a quien ni siquiera es posible ver? La fe en Dios no consiste en un “estado de ánimo”. Amar a Dios es sencillamente centrar la vida en Él para vivirlo todo desde su voluntad.

Por eso añade Jesús el segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir olvidado de la gente que sufre y a la que Dios ama tanto. Un amor a Dios que olvida a sus hijos es una gran mentira.

La presencia cristiana resulta molesta en esta sociedad. Si lo principal, que es amar al prójimo como a uno mismo, se trata con poca seriedad y respeto, ¿qué tiene de extraño que se manipule lo que es secundario?

Jesús deja claro que no todo es igualmente importante. Es un error dar mucha importancia a cuestiones secundarias, litúrgicas o disciplinarias, descuidando lo esencial. No olvidemos nunca que sólo el amor sincero a Dios y al prójimo es el criterio principal y primero de nuestro seguimiento a Jesús.

El amor libera nuestro corazón del riesgo de vivir empobrecidos, empequeñecidos o paralizados por la atención insana a toda clase de normas y ritos. ¿Qué es la vida de un cristiano sin amor vivo a Dios? ¿Qué verdad hay en nuestra vida sin un amor práctico y eficaz al prójimo necesitado?

El amor se opone a la indiferencia entendida como insensibilidad, rigidez de mente, falta de corazón y al egoísmo y desinterés por los demás.

En estos tiempos críticos nada hay más importante que cuidar humildemente lo esencial: el amor sincero a Dios y al prójimo.

Pidamos a la Madre de Jesús y nuestra que nos ayude a purificar nuestra fe.

Que así sea.

Paco ZanuyPaco Zanuy. Sacerdote jesuita

Comentario del Evangelio 25 de octubre 2026