DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”

Es una invitación que hace Pablo a los cristianos de Filipos indicándoles cuáles son esos sentimientos: la unión en un mismo espíritu, las entrañas compasivas en un mismo amor y sentir.

Los invita también a una humildad que considere superiores a los demás cuyos intereses hay que buscar y no los propios.

Ezequiel, en la primera lectura, habla de la conversión del malvado que les da acceso la vida, cosa que los justos oficiales consideran injusta. Pero Dios no es injusto.

Precisamente Jesús, en el evangelio, se dirige de una manera incisiva a los sacerdotes y ancianos, los sabios y justos oficiales a los que incomoda la ternura de Jesús hacia los que ellos consideran pecadores.

Jesús les cuenta la historia de dos hermanos a los que el padre manda a trabajar a su viña. El primero es rebelde y se niega a ir. El segundo dice que claro que irá.

A la hora de la verdad el primero recapacita y acaba yendo, mientras al segundo le distraen otros intereses y no va.

Su auditorio presume de decir sí a Dios en todo. Jesús quiere que se miren al espejo que les ha puesto delante.

¿Cuál de los dos hermanos cumplió la voluntad de su padre? – les pregunta.

Responden que, por supuesto, el primero.

No caen en la cuenta de que ese no es su caso, sino que se alinean con el segundo hijo. Olvidan lo que quiere el padre y no se arrepienten por ello.

Jesús les afea su ceguera y les sitúa por detrás de los publicanos y las prostitutas en el reino de los cielos.

La razón es que, habiendo recibido la llamada a la conversión, estos creyeron y se convirtieron mientras los sesudos oyentes de Jesús no creyeron en esta ni cambiaron de vida.

La segunda lectura de Pablo manifiesta que lo realmente importante no son las palabras sino los hechos. Recuerden que al final del sermón de la montaña dice Jesús que no basta con decir “Señor, Señor”, que lo importante es hacer la voluntad del Padre.

El ejemplo más claro es el propio Jesús, que se hizo obediente a Dios hasta la muerte en la cruz.

La gran exhortación de Pablo a la comunidad pretende lograr que todos tengan los sentimientos que corresponden a una vida en Cristo Jesús. 

Al igual que Cristo no hizo alarde de su categoría divina, sino que murió en la cruz por todos, así también el cristiano no debe pensar primero en sí mismo, sino considerar “superiores a los demás”, algo que sólo es posible teniendo la humildad de Cristo, que se pone en último lugar y no hace nada por “envidia ni por ostentación”».

El sí del segundo hijo del evangelio era pura ostentación: quería aparecer como el hijo modelo y, al sentirse el centro de todo. Esto les sucede a quienes piensan que la historia empieza con ellos y los otros sólo cuentan si contribuyen a hinchar su ego.

El primero, el que dijo que no, fue capaz de encontrar en su interior el eco de la llamada del Señor. Reconsideró su manera de estar en el mundo y se encontró con el Señor.

Que Él nos ayude a formar parte de su vida y que María, su Madre Santísima sea para nosotros el ejemplo de un sí rotundo a Dios con la palabra y con los hechos.

Que así sea.

Paco Zanuy. Sacerdote jesuita

Comentario del Evangelio 27 septiembre 2026