
El evangelio de hoy nos deja un mandato de Jesús a la hora de anunciar su mensaje: “No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”.
A lo largo de los siglos y hoy mismo innumerables seguidores de Jesús fueron fieles a ese mandato. Entre otros muchos no tuvieron miedo San Oscar Romero, el P. Ellacuría y sus compañeros, cuando no se arrugaron ante los violentos. Ni lo tienen hoy los cristianos que viven en peligro permanente en muchos países. El Papa Francisco dijo que la iglesia actual está dando más mártires que la primitiva.
Jesús envía a los apóstoles “como ovejas entre lobos” y les habla de las grandes persecuciones que van a sufrir.
“No tengáis miedo”: es una frase muy frecuente que aparece continuamente en los relatos de las apariciones del Resucitado y que ha repetido el papa León en su reciente visita a España. Se repite hasta tres veces en el texto evangélico de hoy: “no tengáis miedo” porque no hay nada oculto que no sea revelado. Porque pueden matar el cuerpo, pero no el alma, y el hombre vale mucho más que los gorriones que cuida el Padre del cielo.
La persecución que acompañará a los cristianos seguidores de Jesús es la que ya acompañó a los enviados por Yahvé en el Antiguo Testamento: la que refleja Jeremías en un texto que ha sido calificado como “las confesiones” de ese profeta. Jeremías se siente acechado por “el cuchicheo de la gente”, por los falsos amigos que “esperaban un error”, preparados para “cazarle”: no sólo para apresarle sino para encontrar en él cualquier punto de debilidad o de incoherencia.
Pero se fía de Dios -eso significa creer y pone su vida y su misión en las manos del que sondea lo más íntimo del corazón.
Desde los primeros cristianos, la persecución ha acompañado a quienes se han decidido por seguir a Jesús. Esa persecución también existe hoy: son muchos los mártires-testigos quedan hoy su sangre y su vida por el Evangelio. Siguen existiendo cristianos, como les decía al principio, que son capaces de decir, a pleno día y desde las azoteas, verdades que duelen yprovocan tensiones y peligros, pero no pueden reservarse para cenáculos nocturnos donde sehabla “al oído”.
En esos momentos muchos de ellos sienten cómo el Señor les repite íntimamente -ahora sí, “al oído”– lo de “no tengáis miedo” y sienten esa alegría interior de saber que se estánponiendo de parte de Dios ante los hombres y que el Padre del cielo lo reconocerá en el último día.
Sentimos la exigencia de manifestarnos cristianos, aunque esto vaya contra corriente en nuestro mundo. Y, sobre todo, debemos vivir abiertamente las exigencias de nuestra fe: debemos manifestar la importancia de Dios ante quienes son insensibles a lo trascendente; seamos justos y honestos, aunque eso contradiga otros comportamientos; vivamos las exigencias del amor, aunque hoy haya quien lo trivialice y afirmemos con el ejemplo de nuestra vida que hay valores mucho más serios e importantes que los económicos…
“No tengáis miedo”: esa frase del Maestro llevó y lleva a muchas personas a dar su vida por coherencia con su fe. “No tengáis miedo”: tampoco ante nuestras ambigüedades e incertidumbres interiores, debemos temer ante el Dios que “examina al justo y sondea lo íntimo del corazón”. Él nos conoce a fondo.
El Señor sigue diciendo, como dijo a los discípulos entonces: “¡No tengáis miedo!”. Siempre que haya algo que nos haga sufrir, escuchemos la voz del Señor en el corazón: “¡No tengas miedo!, ¡Yo estoy contigo!”.
Pidamos a Nuestra Madre María, modelo de adhesión a la Palabra de Dios, que nos ayude y que el Señor nos ilumine y fortalezca con la sabiduría y la fuerza del Espíritu.
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita