El largo discurso dirigido a los apóstoles en los textos de estos domingos termina con una serie de afirmaciones de Jesús que son, al mismo tiempo, severas y consoladoras. Las severas se dirigen a los apóstoles y las consoladoras, a quienes los acogen.

“El que prefiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que prefiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.”.
No basta con defender el valor de la familia porque hay familias abiertas a la sociedad y familias replegadas sobre sí mismas: unas generan egoísmo y otras se abren a la solidaridad.
Jesús defiende con firmeza la institución familiar y la estabilidad del matrimonio y critica duramente a los hijos que se desentienden de sus padres. Pero la familia no es para Jesús algo absoluto e intocable. Por encima están el Reino de Dios y su justicia.
Tendremos que ver si nuestros hogares son una escuela de valores evangélicos (fraternidad, justicia, austeridad, servicio, oración, perdón) o lo son de egoísmo, injusticia y de superficialidad. ¿Cómo es mi familia a la luz del Evangelio? ¿Necesita convertirse para ser fiel al proyecto de Jesús?
“El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que trate de conservar su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí la salvará.”
Tomar la cruz y seguir a Jesús no resulta fácil porque tenemos la tentación de eludir las dificultades y buscar la comodidad. Jesús quiere que le sigamos con todas las consecuencias. La condición previa es que renunciar a nuestros egoísmos, caprichos y a las ataduras que ahogan nuestra libertad y revestirnos de generosidad.
“El que os recibe a vosotros, me recibe a mí. Y el que me recibe a mí, recibe al que me han enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta recibirá su paga de profeta. Y el que recibe a un justo porque es justo recibirá su paga de justo”.
La primera lectura presenta la acción de Dios, por medio de su profeta Eliseo. Una mujer acomodada padece la gran pobreza de no tener hijos en su matrimonio. En aquella sociedad esto se consideraba abandono de Dios. Jesús pone unas exigencias muy fuertes «para seguir su camino», pero también ofrece una generosa recompensa a quien lo siga.
Esta mujer será bendecida con la maternidad. Toda persona de buena voluntad, que trabaja en favor de la paz, que siembra el bien en medio de los hombres, está realizando la voluntad de Dios y será bendecida.
“El que dé de beber, aunque sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su recompensa”.
Jesús también manifiesta que toda obra buena tendrá su recompensa. Necesitamos escuchar con atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un caminante.
En el evangelio, «tener sed» va más allá de su literalidad. Jesús pide de beber a la samaritana en el pozo de Jacob. porque tenía sed: pero no era sólo de agua, sino también de ayudar a la samaritana a encontrarse con ella misma y con Él; la mujer también tenía sed del «agua viva» que le ofrece Jesús.
Son muchas las interpelaciones de las lecturas de hoy. Quedémonos por lo menos con una que nos comprometa con la llamada de Jesús en el evangelio. Y, por favor, encomendémonos a María para que nos ayude a seguir a Jesús sin reservas..
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita