ENTRAMOS DE LLENO EN EL CORAZÓN DE NUESTRA FE: LA SEMANA SANTA

Después de 5 semanas de recorrido cuaresmal entramos hoy en la Semana Santa. La Iglesia nos invita a vivir intensamente el misterio pascual, el paso de la muerte a la vida. Entramos de lleno en el corazón de nuestra fe.
El relato de la pasión, muerte y resurrección de Jesús es lo más antiguo de los evangelios. Fue lo primero que recordaron los discípulos porque para ellos era el núcleo del testimonio del Señor. Más tarde se fueron incorporando los hechos y las palabras de Jesús, así como el relato de su infancia.
La entrega de la vida de Jesús y de la acción del Padre haciéndolo vencedor de la muerte, resucitándolo, carga todo de sentido.
Mateo lo narra con todo detalle. En su evangelio aparece con toda claridad la traición, el temor y la negación de los discípulos. Jesús los desconcierta. Lo mismo sucede con las autoridades romanas y las de su pueblo que buscan condenarlo a muerte. Carecen de seguridad y se desmarcan hipócritamente lavándose las manos con una inconsistencia evidente.
Lo acusan de pretender hacerse rey. Cristo acepta esa condición de rey, pero se refiere a un Reino que nada tiene que ver con el del César romano o el de Herodes. Su reino no es como los de este mundo; es de servicio y no de dominación.
Él «se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo» y se entregó a la «muerte de cruz» para dar testimonio del amor del Padre. La cruz, que nos evoca el tema del sufrimiento, es fundamentalmente la expresión de su entrega total.
Esa humillación (Pablo utiliza el término griego kénosis, que significa “vaciamiento”) es el camino obligado para servir a los demás.
El maestro siguió esa ruta que debe ser seguida también por los discípulos y por la Iglesia como conjunto. Una Iglesia que no renuncie a los privilegios no está en condiciones de decir al mundo por dónde se va al Dios amor.
Es lo que el texto de Isaías llama «la lengua del iniciado», de aquel que ha comenzado a seguir al Señor.
El acercarnos a los sufrimientos de los pobres abre el oído para que escuchemos la totalidad de las exigencias del evangelio. Si no lo hacemos nos echamos atrás ante los desafíos del Señor.
Ser solidario con los pobres puede ser hoy motivo de «insultos y salivazos» para una Iglesia que quiere ser fiel a Cristo y compartirá lo que padecen esos pobres, víctimas de enfermedades ya superadas por la medicina, que viven pobremente y son maltratados cuando reclaman un salario justo.
Las ambigüedades (inevitables en cualquier situación humana) que pueda haber en el desarrollo histórico de estos hechos no quitan su carácter doloroso e injusto.
Pero, como el siervo sufriente de Isaías, sabemos que el Señor nos ayuda y no permitirá que nos acobardemos y no seremos defraudados, si lo que nos impulsa en ese compromiso es dar testimonio del amor de Dios por toda persona y en especial por los más débiles y marginados.
Por todos murió el Señor en la cruz; a todos nos dio su vida con la resurrección. Esa vida vence la muerte, el pecado, la injusticia y el olvido del hermano.
María, presente en la pasión y muerte del Señor, nos es entregada como Madre que también estará presente en nuestra vida y nos mantendrá fieles al Señor.
Que así sea.
Paco Zanuy
Homilía D. Norberto Garcia Díaz. 29 de marzo de 2026