
El mensaje del domingo pasado fue el “porque tú estás conmigo”, siguiendo el salmo 23. Hoy el corazón y la Palabra llevan al “yo tengo que estar contigo”.
“Porque tú estás conmigo” transmitía seguridad tanto en las verdes praderas como en las “cañadas oscuras” de nuestra vida”. Hoy el evangelio sugiere otra situación, la del “yo tengo que estar contigo”.
Jesús invita a compartir su cercanía con el Padre desde la misión que se le ha encomendado. Vino a nuestro mundo tan carente de todo lo que puede llenar una vida.
Hay un Camino que andar, una Verdad que comprender y una Vida que vivir. Jesús afirma, ante la perplejidad de algunos de los suyos, que Él es el Camino, la Verdad y la Vida.
Los pies de Jesús conocieron los caminos polvorientos de Palestina, las frías losas del Templo y las sinagogas, los cálidos suelos de las casas de sus amigos y también las olas encrespadas del Tiberíades a bordo de una frágil barca. Jesús recorrió los caminos de nuestro mundo.
¡Y qué caminos! Dejó sus huellas en todos los senderos. “Nada humano me es ajeno”, dijo un poeta latino. Jesús eso lo vivió como reflejan los evangelios. Su camino llegó a todos: amigos, seguidores, enfermos, leprosos, perseguidores, necesitados e incluso a sus verdugos. También empuñó un látigo para expulsar a los profanadores del templo, vivió la soledad del desierto y sintió las tentaciones del Maligno que lo empujaban hacia otros caminos. Fue juzgado por blasfemo y crucificado. Pero su camino fue siempre de entrega y de servicio.
En todos los suelos quedaron grabadas unas huellas que nos sirven de pista. Al nacer sintió la comezón de las pajas del pesebre y al morir le traspasaron los clavos de la cruz. En la Pascua los lienzos que lo envolvieron quedaron bien doblados en el sepulcro como testimonio del Resucitado que anunciaba una nueva vida.
Jesús anduvo estos caminos transmitiendo la Verdad de la existencia, tanto con su ejemplo como con sus palabras. Esas palabras fueron, además de portadoras de la verdad, un señuelo para nuestros caminos. Leerlas a diario, con los ojos del corazón, es un modo de tenerlo siempre presente al recorrer nuestros caminos y hacer que sean los suyos. Sus palabras llevan a la Verdad e impiden caminar por las sendas que conducen a la nada.
Por eso Jesús también es Vida. Para eso vino a nuestro minúsculo planeta. La Vida verdadera es mucho mayor que nuestro yo y que los cientos de miles de millones de galaxias. Nos lleva a un Universo lleno de la Vida del Padre, del Hijo y del Espíritu. Esa Vida fue Jesús quien la plasmó entre nosotros enseñándonos que la poseemos para compartirla y entregarla. Esa vida es una misión que Jesús nos confía: sanar, compartir, contemplar, amar hasta el final como Él hizo,
Sabemos que entregarla es lo mejor que podemos hacer. Eso significa la Pascua. Es una tarea que tendremos pendiente hasta el último momento en que entreguemos nuestro espíritu al Padre, como hizo Jesús. Entonces compartiremos la Resurrección definitiva en comunión íntima con toda la creación.
María dijo “hágase en mí según tu palabra” y así llegó Jesús hasta nosotros. Con nuestro “sí” al Señor, con nuestra entrega incondicional, el Señor será para nosotros Camino, Verdad y Vida, como lo fue para María. Que ella nos ayude a ponernos en las manos del Padre. Se lo pedimos de una manera muy especial durante este mes de mayo que le consagramos.
Que así sea.
Paco Zanuy