DOMINGO XXII TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“Si alguno quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.

La historia de Jeremías y de Jesús es la historia de tantos y tantos cristianos que, a lo largo de los siglos, han experimentado la dificultad de vivir su fe en medio de sociedades hostiles o indiferentes.

Jeremías tiene sólo 19 años cuando Dios le llama a ser su profeta. Él, de natural pacífico, debe anunciar al pueblo palabras incómodas y denunciar a los poderosos. Eso no le agrada, pero Dios le ha «seducido» y él se ha dejado seducir. Quiere negarse a seguir hablando en nombre de Dios y eludir las dificultades, pero el Señor es más fuerte y le hace rendirse y aceptar lo que le pide. Seguirá siendo su profeta, aunque la gente se burle de él y no le haga caso.

La fidelidad de Jesús es aún más difícil. Como verdadero hombre le cuesta cumplir la misión que se le ha encomendado. En algunos momentos le asaltan la duda y el cansancio: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», dijo en Getsemaní.

En el evangelio de hoy, Jesús anuncia a los suyos que camina hacia la muerte. Ellos no lo entienden y él, más tarde, derramará lágrimas y sudará sangre. No es lo mismo conocer el camino que seguirlo con fidelidad radical.

La reacción de Pedro es lógica. Le mueve su amor a Jesús. El domingo pasado escuchamos su hermosa profesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

Pedro no había entendido que el camino de Jesús era un camino de renuncia y sacrificio, antes de ser de salvación y de gloria. Le gustaba el monte Tabor, el de la transfiguración, pero no le gustaba el Gólgota, el de la cruz.

Ser cristiano supone aceptar el riesgo y la dificultad, pues los valores de Cristo no son los de este mundo. Hay que cargar con la propia cruz. Es el misterio de la redención.

Hoy sigue habiendo cristianos perseguidos por su fe. El resto debemos elegir entre los criterios de este mundo y los de Cristo. Cada uno de nosotros sabe lo que puede suponer «tomar su cruz y seguirle».

Pablo dice a los cristianos de Roma que «no se ajusten a este mundo, sino que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Y que ese es el mejor culto a Dios.

Jeremías también sintió la tentación de vivir tranquilo en su pueblo y no seguir la llamada del Señor. Pero la Palabra de Dios quemaba sus entrañas y escogió el camino difícil como más tarde hará Jesús: «No se haga mi voluntad, sino la tuya».

A Pedro, que «pensaba como los hombres y no como Dios», también le vendrá el tiempo de confesar su fe ante el pueblo, ante las autoridades y ante Nerón en Roma.

Para seguir a Jesús hemos de tomar cada uno nuestra cruz. No podemos «censurar» las páginas duras del evangelio.

La Eucaristía da fuerza para seguir el camino de Jesús y dejarnos seducir por Él. Comulgar en la eucaristía, es comulgar con Jesús cada día y cada semana.

María permaneció junto a la cruz de Jesús. Que ella nos ayude a amarle más y a seguirle de cerca.

Que así sea.

 Paco Zanuy. Sacerdote jesuita

Comentario del Evangelio 30 de agosto 2026