DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

“Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto”.

En las lecturas de Isaías y del Evangelio aparece una de las grandes imágenes de la Sagrada Escritura: la imagen de la viña. 

El pan representa todo lo que el hombre necesita para su vida cotidiana. 

El agua proporciona a la tierra la fertilidad: es el don fundamental, que hace posible la vida. 

El vino, por el contrario, expresa la exquisitez de la creación, nos da la fiesta en la que sobrepasamos los límites de la vida cotidiana; el vino alegra el corazón. El vino y la vid se han convertido en imagen del don del amor. 

Por eso, la lectura de Isaías comienza como un cántico de amor: Dios plantó una viña, imagen de su historia de amor con la humanidad, de su amor por Israel, su elegido.

Con el cántico de amor de Isaías, Dios habla al corazón de su pueblo y también al nuestro. ¿Encontrará una respuesta? ¿O sucederá con nosotros como con la viña? Dios “Esperó que diese uvas, pero dio agraces”.

 Nuestra vida cristiana, ¿no es con frecuencia, más vinagre que vino? ¿Autocompasión, conflicto, indiferencia?

¿Qué son los agraces? 

La uva buena que Dios espera consiste en la justicia y en la rectitud. 

Los agraces son por el contrario la violencia, el derramamiento de sangre y la opresión, que hacen gemir a la gente bajo el yugo de la injusticia. 

En el Evangelio la imagen cambia. La vid produce uva buena, pero los viñadores a sueldo se apropian de ella. No están dispuestos a entregarla al propietario. Golpean y matan a sus mensajeros e incluso matan a su Hijo porque quieren convertirse en propietarios de lo que no les pertenece. 

Usurpamos la creación cuya gestión se nos ha confiado. Queremos ser sus únicos dueños. Queremos poseer el mundo y nuestra misma vida de manera ilimitada. Dios nos estorba. O lo convertimos en una simple frase devota o se lo negamos todo, desterrándolo de la vida pública, hasta que de este modo deje de tener significado alguno.

Allí donde el hombre se convierte en el único dueño del mundo y en propietario de sí mismo no puede haber justicia. Allí sólo pueden dominar el poder y los intereses. 

Se puede expulsar al Hijo de la viña y matarlo para disfrutar egoístamente de los frutos de la tierra. Pero entonces la viña se transforma muy pronto en terreno sin cultivar, pisado por los jabalíes, como dice el salmo 79, que hoy hemos recitado.

En este punto surge una pregunta: ¿no habrá una promesa, una palabra de consuelo en las lecturas de hoy? ¿La amenaza es la última palabra?

¡No! Hay una promesa y es la última palabra, la esencial. La escuchamos en el versículo del aleluya, tomado del Evangelio de Juan: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto”.

Al final triunfa el amor: “La piedra que los constructores desecharon, se ha convertido en piedra angular…”. De la muerte del Hijo surge la vida, se forma un nuevo edificio, una nueva viña.

Si permanecemos unidos a Él, también nosotros daremos fruto. Ya no daremos el vinagre de la autosuficiencia, del descontento de Dios y de su creación, sino el buen vino de la alegría en Dios y del amor por el prójimo.

Pidamos este don por medio de María, para que siendo dóciles a la acción del Espíritu Santo podamos ayudar al mundo a convertirse en la vid fecunda de Dios. 

Que así sea.

(Inspirado en la homilía de Benedicto XVI 

en la inauguración del Sínodo de los Obispos de 2005)

Paco Zanuy. Sacerdote jesuita

Comentario del Evangelio 4 de octubre 2026