El evangelio de este domingo y de los dos siguientes pueden ayudarnos a mejorar personal y comunitariamente. Hoy se acentúa el espíritu fraterno que debe residir en la comunidad de los creyentes.

En la Iglesia no podemos desentendernos unos de otros. El seguimiento de Jesús implica reconocernos todos como hermanos.
La Iglesia debe ser una comunidad de amor donde todos se ayudan a crecer corrigiéndose, caminando y rezando juntos.
Vivimos en una sociedad con muchos enfrentamientos que hacen que surjan fácilmente las críticas desmedidas y los insultos. Las redes sociales, entre otras cosas, lo facilitan.
Habría que reaccionar a esto de algún modo. Lo dice la lectura de Ezequiel: “Advierte al malvado de que cambie de conducta”.
El capítulo 18 de san Mateo, dice que la vida de la comunidad debe entenderse como una responsabilidad recíproca. Por tanto, si mi hermano comete una falta contra mí debo hablar con él e intentar ayudarle. Si no me escucha podré recurrir a la comunidad planteándole que lo que ha dicho o hecho no parece correcto.
Esta forma de actuar se llama “corrección fraterna” y ha de estar animada por el amor al hermano.
La corrección fraterna compromete a cada uno con los demás y trata de impedir el enfrentamiento entre hermanos e impedir que se dé a alguien por perdido. La corrección fraterna está unida a la empatía y al perdón.
No basta con decir «Vive y deja vivir» como si la norma de vida fuese vivir para uno mismo y preocuparse de los demás sólo si os interesa y que cada uno haga lo que quiera con tal de que no me complique la vida y que yo tampoco complique la suya.
Ni es cristiano despreocuparse de los demás ni lo es juzgarlos sin amor. Seguramente todos lo haremos mejor si entendemos lo que significa ser hermanos e hijos de un mismo Padre.
En la segunda lectura Pablo da la clave: “La plenitud de la ley es el amor” y “Amar es cumplir la ley entera”.
Y esto vale para todos, no sólo para la relación entre cristianos. El seguimiento de Jesús implica caminar juntos y a ser responsables cada uno de los demás. Es un derecho y un deber preocuparse por el conjunto de la comunidad y por cada uno de sus miembros.
Pero siempre debe ser -no lo olvidemos- fraternalmente. Una comunidad que se pelea, que está dividida, que vive en continuas tensiones o discordias y no es capaz de reconciliarse, no se comporta como una comunidad cristiana.
«Uno que ama a su prójimo -dice Pablo- no le hace daño». Queda claro que tampoco deja de hacerle el bien.
Si esta norma de preocupación fraterna por los demás presidiera siempre nuestra vida podríamos estar seguros de continuar el camino de Jesucristo y trabajar por su Reino de justicia, de amor y de paz.
Todo esto da por supuesto que los cristianos somos una comunidad de amor en la que tener autoridad significa estar al servicio de todos y no servirse de ellos.
Pero la comunidad no se construye sólo con la corrección fraterna y el responsabilizarse cada uno por todos. Debe haber algo aún más profundo y que está muy acentuado en el evangelio de hoy. Tanto que Jesús lo compara con la autoridad, más allá de lo inmediato, que otorga a Pedro después de su acto de fe reconociéndolo como el mesías, el Hijo de Dios vivo.: “Lo que ates o desates en la tierra también será atado o desatado en el Cielo”. Está hablando de la fuerza que tiene la oración en común.
En la celebración eucarística unimos nuestras oraciones al Padre con la fuerza que nos da Jesús.
Pidamos todo esto por intercesión de María santísima, Madre de la Iglesia.
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita
Comentario del Evangelio 6 septiembre 2026