FESTIVIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

En esta solemnidad damos gracias a Dios por la fe de María, por su SÍ a Dios. Un Sí grande, fiel y confiado: “Hágase en mí según tu Palabra”.

Dios había prometido su salvación. Dios es fiel, y no se cansa de perdonar, aunque el hombre, en ocasiones, rechace el proyecto de Dios. Esto ocasiona una ruptura a todos los niveles: con Dios, con los demás, con la naturaleza y con la creación en general. 

El libro del Génesis muestra el pecado como expresión clara de rechazo a la propuesta de Dios. Aparece el pecado, la culpa, las acusaciones, el engaño, la división… El hombre desea “emanciparse” de Dios. Su pretendida mayoría de edad le lleva a prescindir de Él. Pero Dios no es el que anula o recorta la libertad humana. Todo lo contrario. Dios pretende el bien de la humanidad, su vida en plenitud, y para ello ofrece su Alianza. 

El hombre rompe ese pacto con Dios. Pero el Señor no deja de tenderle la mano. Las palabras finales del texto del Génesis contienen una promesa de Salvación que vemos cumplida en Jesucristo, nacido de la Virgen María, libre de pecado.

San Pablo exulta de júbilo al recordar las bendiciones recibidas de Dios. En este himno el apóstol expone, en forma de alabanza, cómo, por medio de Cristo, Dios Padre ha derramado sobre nosotros su bendición. 

La promesa de salvación -que se anunciaba en el Génesis- se ha cumplido en Cristo, Hijo de Dios. Hemos sido elegidos para ser santos, para llevar a plenitud la vocación al amor.  Pablo afirma nuestra filiación divina. Hemos sido llamados a ser hijos de Dios, por medio de Jesucristo. 

“Ser hijos de Dios”: esta es nuestra identidad y misión. El camino de la santidad se explicita y se llena de contenido desde esta afirmación. Jesucristo, el Hijo de Dios, el “Dios-con-nosotros”, ha sido el instrumento para esta bendición fundamental. 

En esto radica nuestra condición de cristianos. El ser “hijos” de Dios, nos sitúa en una relación amorosa con Él con una consecuencia clara: la fraternidad humana. Ser amados por Dios como hijos, lleva a amar al prójimo, como hermano. 

El relato de la Anunciación es el contrapunto a la escena del Génesis con otro diálogo, esta vez entre el enviado de Dios – el arcángel Gabriel – y la joven María. Es el dialogo de amor de Dios con la humanidad. 

María escucha y se hace disponible a lo que el Señor quiere de ella: ser la madre del Hijo de Dios.  En esta escena no hay desobediencia a Dios, sino escucha atenta y fiel de su Palabra.  No hay engaños, ni culpabilidades, ni pecados, ni divisiones. En esta escena hay un encuentro sincero, que libera, reconcilia, vivifica y aviva la esperanza.

El Sí de María a Dios testimonia su fidelidad al Señor. La lucha contra el mal y el pecado, dentro y fuera de nosotros, es una tarea permanente hasta la plenitud del Reino de Dios. La respuesta de María, su disponibilidad y apertura a la llamada de Dios nos estimula para vivir nuestra vocación. 

María Inmaculada es signo de una humanidad nueva que participa de la victoria de Cristo sobre la muerte, el mal y el pecado. Mientras llega ese triunfo definitivo el Señor nos ha destinado a ser signos de esperanza. 

Que esta Eucaristía en honor de María Inmaculada, nos ayude a vivir nuestra condición de hijos de Dios y de hermanos de todos. Que nuestro SÍ al Señor nos conduzca, como a María Inmaculada, a ser signos de esperanza en nuestro mundo.

Que así sea.

Paco Zanuy