
Hoy celebramos la Solemnidad del Corpus Christi en la que se conmemora la institución de la Eucaristía y también es el día del amor fraterno.
Esta fiesta se celebra desde el siglo XIII. En la Edad Media se planteaban innumerables cuestiones sobre la presencia de Cristo en la Eucaristía. La Iglesia, en lugar de teorizar tanto, decidió mostrarla, sacándola a la calle. Celebramos que Jesucristo está realmente presente en el pan que comulgamos. Y eso debe interpelarnos.
Participar en la Eucaristía no es un acto individualista que se refiere únicamente a la relación de cada uno con Dios, sino que implica el encuentro con los demás para realizar una tarea y compartir un estilo de vida y unos valores. La Eucaristía y la Comunión construyen la Comunidad.
El signo fundamental de la Eucaristía es la entrega de uno mismo para hacer el bien en nuestro entorno siguiendo el ejemplo y el mandato de Jesús.
Uno de nuestros poetas apuesta por la entrega de la vida y para ello recurre al símil eucarístico recorriendo la historia del grano de trigo desde la siega y la molienda hasta hornear la masa y compartirla como pan; y termina diciendo:
“Podréis partir y repartir mi cuerpo
en miles y millones de pedazos…
podréis hacer entonces con el hombre
una hostia blanquísima… el pan ázimo
donde el Cristo se albergue.”
Esto tiene mucho que ver con la fiesta que hoy celebramos, la fiesta del Cuerpo de Jesús, de Aquel que pasó haciendo el bien, que se sacrificó y se entregó como alimento para todos.
El bien hay que hacerlo de verdad: unas veces de palabra, cuando esa palabra dé ánimo, aporte aliento, esperanza o paz; otras veces de obra, actuando cuando esté en nuestra mano cambiar las situaciones o ayudar a los que más lo necesitan. Siempre podremos rezar al Señor y hacer que nuestra participación en la Eucaristía nos una al sacrificio de Jesús.
El gesto de presentar el pan y el vino solo tiene pleno sentido cuando presentamos también otros dones para que todos puedan tener pan y vino. No se puede compartir el pan de la Eucaristía sin estar dispuestos a compartir el pan de la vida.
Precisamente este “partir el pan” se ha convertido en el signo de identidad de Cristo y de los cristianos. Jesús se ha dejado “partir”, se parte por nosotros. Y pide que nos demos, que nos dejemos partir por los demás.
En Emaús lo reconocieron “al partir el pan”. Recordemos la primera comunidad de Jerusalén: “Perseveraban […] en la fracción del pan”. Se trata de la Eucaristía, que desde el comienzo ha sido el centro y la vida de la Iglesia.
El problema es que nuestra sociedad no necesita a Dios para nada. Se nos dice que podemos vivir sin Él. No olvidemos que en la Eucaristía no ofrecemos en sacrificio la sangre de animales, como en el Antiguo Testamento, sino que es el mismo Jesús quien ofrece la suya.
Muy unido a esta fiesta celebra hoy la Iglesia el día de Caridad. Colaboremos generosamente con Cáritas que realiza una gran labor en nuestra sociedad. Nuestras aportaciones permiten que esa ayuda llegue a muchas personas.
Jesús se entregó totalmente y se nos sigue dando en la Eucaristía. Demos algo de lo nuestro, no de lo que nos sobra sino de lo que podemos prescindir, y comprometámonos con la parte sufriente de nuestra sociedad.
Unámonos al papa León XIV que celebra el Corpus entre nosotros y pidamos que su visita dé frutos de unidad y paz en España y en nuestro mundo.
Pidámosle a nuestra Madre María que nos ayude a crecer en el amor y a seguir a Jesús estando en comunión con Él, como hizo Ella.
Que así sea.
Paco Zanuy. Sacerdote jesuita